Me pregunto cuánto llora el corazón de la humanidad en estos días en los que celebramos el nacimiento de Jesús, el Cristo, el que vino a enjugar lo rostros marcados por el dolor, el que vino a anunciar la libertad a quienes tienen el alma atrapada por un cepo oxidado de dientes que llevan el nombre de “codicia”, “desprecio”, “insaciabilidad”, “poder”, “intolerancia”…
Jesucristo, el niño que lloraba en un establo, vino para recoger en un odre nuestras lágrimas y regar con ellas los campos de esta tierra a veces ajada, sembrándolos de una promesa y una esperanza. Siendo adulto, también él lloraría, vinculando así su llanto al nuestro, el de los de su raza, la humana, la única que en verdad existe.
Raza humana, raza humana. No hay más apellidos.
Me pregunto cuánto llora el corazón de la humanidad y si es capaz de percibir los torrentes de bendiciones que discurren entre nosotros, que nos mojan los pies y sobre los que solo nos atrevemos a chapotear, tímidamente, con la tibieza que nos enrostra el Apocalipsis.
Jesús, el Cristo, en cambio, se metería de lleno en las aguas del Jordán, empapándose, ungiendo su cuerpo en un nuevo nacimiento, invitándonos a saborear la vida, a comérnosla, a hacerla carne propia, como nos invitaría posteriormente a hacer con un trozo de pan y un sorbo de vino, humilde expresión de su cuerpo.
El niño desnudo, como cualquier otro niño, nos llama a vivir así, desnudos, mostrando las heridas de nuestros cuerpos, mostrando lo que nos avergüenza y en lo que él ve belleza. Así morirá, bellamente, igualmente desnudo, a la vista de todos, mostrando su piel, el enigma de Dios enamorado hasta la desesperación anunciada en un grito.
Me pregunto cuánto ríe el corazón de la humanidad y si es capaz de vislumbrar la redención de lo que acontece, la inmediata oportunidad que exhala cada balbuceo de ese bebé que se ha entregado, ofrenda de un cuerpo que recorrerá caminos y acogerá miradas y titubeos. Somos la pasión de Cristo, somos la pasión de Dios.
Me pregunto cuánto llora y cuánto ríe tu corazón, en este día, cuánto asumes de la vida que te rodea, cuánto embelleces con el misterio de tu existencia, Y cuánto amas, cuánto abrazas y besas, cuánto bailas y cantas… cuánto olvidas.

