Llueve, no en exceso, pero sí con cierta insistencia. Apenas son las 9.30 de la mañana. Es fiesta, no hay coches en la carretera. La temperatura es agradable, propia de un otoño que se resiste a instalarse.
El coche va tragando kilómetros, sin glotonería, disfrutando del camino.
La mar está tranquila. Todo es de color gris, bellamente gris.
En la radio del coche suena el adagio de la Séptima Sinfonía de Bruckner y es sencillamente maravilloso. El comentarista ha contado que es la pieza que la radio del Reich emitió tras la muerte de Hitler, mientras las tropas rusas entraban en Berlín. Por lo visto, al dictador le fascinaba esta sinfonía. Está claro que, por increíble que parezca, la belleza es patrimonio de cualquier corazón.
Sigue lloviendo. El coche avanza. Por la acera de la derecha, camina una señora alta, de unos ochenta años, no los tendrá aún. Se ha recogido el pelo cuidadosamente en un descuidado moño en lo alto de la cabeza. Bajo su abrigo de paño en tono camel, lleva un pantalón negro y un jersey, también negro, de cuello alto. Camina apoyada en un paraguas violeta que lleva cerrado. A su lado un pequeño yorkshire corretea sin prisa.
La mujer se está mojando, pero su media sonrisa y su rostro sereno dicen que está disfrutando de ese momento, que no quiere abrir el paraguas, que toca hacer la travesura de dejarse bautizar por la lluvia.
La visión dura unos segundos, los que tarda el coche en dejarla atrás, pero ese breve vistazo me ha hecho sonreír y agradecer su gesto rebelde.
Cualquier cosa que hagamos es susceptible de generar una reacción en otra persona, así, de esa manera tan simple, tan anónima.
Nos guste o no reconocerlo, somos seres interconectados, mucho más interconectados de lo que podemos sospechar. Nada nos es ajeno. Nada de lo que haga o diga queda perdido en un vacío, a alguien, de alguna manera, le afectará, aunque no seamos conscientes.
El cuidado de esta vida está relacionado con las cosas minúsculas, con generar belleza y con aprender a absorberla. Podemos encontrar belleza y serenidad en experiencias tan simples como una mirada sobre una mujer feliz, una música hermosa, un gesto de calma ante una situación tensa…
Cuando hablamos de entregar la vida, no creo que nos refiramos a vivir un cruento martirio. Algunas personas sí, su realidad está tocada por esa tremenda experiencia. La mayor parte de las y los cristianos de a pie entregamos la vida en el esfuerzo diario por ser reflejo de la luz del Resucitado. Ese entregar la vida es la llamada a la santidad, a ahondar en la belleza del alma humana.
En la mirada tenemos la posibilidad de embellecer lo que sea que miremos. Poco a poco, también nuestros ojos serán bellos, cada vez más bellos, crísticamente bellos.
Qué generoso es Dios que nos ha dado la capacidad de crear belleza con nuestros gestos, nuestras palabras y hasta con nuestro silencio.

