Manel (cuando un gallo adquiere la categoría de “más anciano”, pasa a llamarse Manel, es una regla no escrita), el gallo más viejo que vive en nuestra humilde granja, anda este tiempo despeluchado, con necesidad de ir a la peluquería.
-“No, yo no voy a la peluquería, yo voy al barbero”, responde él ante mis indicaciones respecto a la mejora de su atuendo. Le parece que es más macho por ir a un barbero que a un peluquero, o peluquera.
-“Ni loco me pongo yo en manos de una mujer”, dice, ufano.
-“Demasiado gallo te crees tú”, le he respondido en varias ocasiones ante esos cacareos machistas. A veces he de recordarle cómo corría delante de un gallo más joven porque éste le picoteaba la masculina cresta hasta hacerle sangrar y manchar todas las plumas de su erguida pechera. Ahí se calla, a veces, y otras me dice que corría para no humillar al jovenzuelo delante de las féminas del corral. En fin.
Sea como sea, Manel anda despeluchado porque por estas fechas, él y los demás gallos y gallinas, sueltan sus plumas y se visten con unas nuevas. Dentro de unas semanas estarán todos acicalados y repeinados, con plumas mullidas y recién estrenadas, dispuestos a afrontar el invierno.
En este tiempo de cambio de pluma, necesitan comer más porque su cuerpo está en pleno esfuerzo generador. Comen más todos, ellos y ellas, pero ellas, además, dejan de poner huevos, más o menos hasta febrero, ya que concentran su energía en protegerse del frío, además de que necesitan más horas de sol de las que hay durante el invierno.
Me siento en un poyato y las miro. Cuando te detienes a contemplar la naturaleza en cualquiera de sus manifestaciones, sean gallinas, sean nubes o ríos, empieza una clase magistral sobre un tema insospechado. Me siento, como digo, en el poyato y espero a que empiece la clase.
Las gallinas nos invitan a soltar nuestras viejas plumas, aquellas que no nos ayudan, que ya han cumplido su misión, que se han desgastado por el uso, por el paso del tiempo. No es fácil desprenderse de lo que fue útil. Ni tan siquiera es fácil darse cuenta de que es preciso dejarlo ya a un lado, soltarlo y buscar (generar, crear, acoger…) algo nuevo. Esto exige un desgaste importante. Entre el momento de soltar y el de adquirir puede haber un fragmento de tiempo en el que nos sintamos a la intemperie. Si esto sucede, es importante vivir conscientemente ese ratito de inclemencia porque nos va a ayudar a acoger la vulnerabilidad, a descubrir la misericordia.
-Sí, muy bien – me dicen mis maestras-, pero, ¿por qué no, en vez de hacerlo a lo bruto, no lo haces de manera progresiva, como nosotras con las plumas? Qué lelos sois los humanos.
Tienen razón, oye, y cuando la tienen, la tienen.
Si el cambio es gradual, si cambiar nuestras convicciones, estilos de vida o lo que sea, lo hacemos de manera procesual, entonces la lección puede ser otra, la de la paciencia y el arte de lo progresivo, la enseñanza de la espera, del discernimiento calmado.
En definitiva, al final hay que soltar igualmente si queremos adaptarnos al tiempo nuevo que llega, que no tiene por qué ser un tiempo especialmente novedoso, inquietante o fundamental en la historia personal, basta el simple mañana. Cada minuto requiere su propia adaptación.
La metáfora de las plumas de nuestras gallinas nos sirve a quienes formamos la Iglesia porque nos cuesta dejar atrás lo que ha servido durante muchos años, nos cuesta verlo, darnos cuenta de ello, nos da miedo. Qué poco tiene que ver el miedo con el evangelio. Qué poco tiene que ver el acto de aferrarse con la libertad y la confianza de la que nos habla Jesús (“noli me tangere”).
Peluquería o barbería, da igual, la cosa está en vivir abiertas a un cambio de look, por dentro y por fuera.
Es importante recordar que nunca se hace un cambio definitivo, que si pensamos que “ya hicimos el cambio”, entonces nos encontraremos que, en el próximo invierno, no tendremos plumas nuevas para afrontar el frío.
-Mira que eres hábil –me dicen mis maestras de plumas brillantes- nosotras te damos el tema y tú te llevas el mérito.
Está bien, lo reconozco, sólo he sido la amanuense de lo que me han dictado nuestras inquilinas emplumadas.
Buen día.

