En nuestra reflexión sobre la acogida, hoy vamos a acercarnos a lo que la Biblia nos dice sobre este tema.1
Antes que nada, debemos situarnos en la perspectiva bíblica, que siempre tiene en cuenta a Dios, el mundo, el ser humano y la historia. En este contexto, la Biblia cuenta una gran narración de anfitriones, anfitrionas y huéspedes. Más allá de relatos de personajes concretos, la experiencia de acogida tiene lugar en la creación, en la encarnación y en la esperanza de una vida eterna.
La Biblia presenta a Dios como el primer anfitrión, ya que crea el mundo como su casa, lleno de su presencia, y se la ofrece al ser humano. Su acogida amorosa consiste en vaciarse para permitir el desarrollo de la humanidad. En palabras de Simone Weil:2
“La creación no es un acto de autoexpansión por parte de Dios, sino de retirada y renuncia”.
Según el libro del Génesis (cf. Gn 3), el ser humano no resulta ser un buen huésped, ya que le quita el lugar al Anfitrión y se adueña de la casa. Llega a considerar el mundo como su propiedad, cuando en realidad es el huésped. Sin embargo, Dios respeta su decisión y no lo abandona, sino que sigue discretamente presente en la casa.
En otras ocasiones, el ser humano sí que tiene consciencia de ser huésped. Dios aparece ante Abrahán como el propietario de la tierra prometida:
A tu descendencia le daré esta tierra (Gn 12,7).
A veces el salmista se presenta como huésped y extranjero:
Señor, ¿quién será huésped de tu tienda? (Sal 15,1)
Yo soy tu huésped, un forastero, como mis antepasados (Sal 39,13).
Peregrino soy en esta tierra (Sal 119,19).
Por otro lado, el ser humano se siente llamado a hospedar. El Antiguo Testamento fundamenta la acogida del otro vulnerable en el recuerdo de la propia vulnerabilidad y condición de extranjero:
Si un emigrante se instala en vuestra tierra, no le molestaréis; será para vosotros como un nativo más y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis emigrantes en Egipto (Lv 19,33-34).
También se acoge a Dios mismo en su Palabra. En este sentido, los profetas son quienes escuchan el mensaje de Dios y lo anuncian al resto del pueblo, para que todos lo acojan.
El Nuevo Testamento presenta el acontecimiento de la encarnación de Dios, que es la plenitud de la hospitalidad. En Cristo se hacen uno la autocomunicación de Dios y su acogida humana. En él, Dios nos acoge en su amor y en su verdad, vida y eternidad. Además, el mensaje de Jesús da mucha importancia a una acogida universal, no excluyente, más allá de la amistad, la religión y el pueblo, con una atención especial a la compasión por los más vulnerables (cf. Mt 5,3-12.43-46).
Asimismo, el Nuevo Testamento presenta una dimensión escatológica de la acogida: Jesús nos dice que cuando hemos acogido a un forastero lo hemos acogido a él mismo (cf. Mt 25). Como veíamos en los salmos, también los textos cristianos muestran consciencia de que estamos de paso en esta tierra:
No tenemos aquí ciudad permanente, sino que aspiramos a la ciudad futura (Heb 13,14).
Por último, os invitamos a escuchar de primera mano las historias de acogida de varios personajes de la Biblia. Os dejamos con Abrahán, Lot, Rajab, un hombre de Belén, un forastero de Guibeá, una mujer sunamita, Tobit, la viuda de Sarepta, María, José, el buen samaritano, Marta y María, el padre misericordioso… ¡Buena escucha!

