Este año la fiesta de María Magdalena viene empapada del sufrimiento de nuestros hermanos cristianos palestinos. Aquellos que viven en Tierra Santa, que son en realidad las piedras vivas de la tierra de la resurrección, como ellos mismos nos recuerdan.
Teología palestina
Tomando la reflexión de dos teólogos que escriben desde allí, desde el corazón del sufrimiento, nos acercamos al dolor, la desolación y el desamparo de María Magdalena.
«María es testigo tanto de la agonía como de la resurrección de Cristo. Imaginemos a María, testigo del inmenso sufrimiento y de la crucifixión de Cristo, soportando un largo y traumático sábado. Sin nadie a quien recurrir, sin salvador ni autoridad política o religiosa a la que apelar, asistió impotente a los abusos de los que fue objeto su maestro. María debió de sentirse sola y derrotada.»
Compañera del sábado
María había visto a sus vecinos, a su pueblo, entregar a Jesús a la muerte. «En muchos sentidos, los palestinos podemos identificarnos con la Magdalena. Nos sentimos solos y derrotados cuando nuestro pueblo sufre la opresión mientras la comunidad mundial guarda silencio. Trágicamente, la opresión a la que nos enfrentamos es a menudo justificada por nuestros hermanos cristianos«, leemos en el relato. Y continúan «como María, nuestro sábado es largo y traumático. No debemos oscurecer la crucifixión con el Cristo resucitado, saltando del viernes al domingo, sin considerar seriamente el largo sábado, ya que podríamos correr el riesgo de ignorar o glorificar el sufrimiento.»
Añaden que María no huye del mal del que ha sido testigo directo. Ella, antes de llegar a la mañana de la resurrección se enfrenta al sufrimiento y sigue siendo testigo de la crucifixión. Es capaz de permanecer, fiel, en el amor, aunque no fue fácil porque estaba oscuro, sus ojos estaban llenos de lágrimas y tuvo que inclinarse para ver la tumba vacía. (…) El oído de María estaba dañado, probablemente por la conmoción de la tumba vacía o por su conversación con los ángeles y su llanto. Ella no es capaz de reconocer la voz de Jesús en el primer momento. Su testimonio finalmente fue puesto en duda por los otros discípulos.
Abordar la esperanza
A nuestros hermanos cristianos palestinos también les resulta difícil reconocer la voz de Dios en medio de la realidad que viven, animándolos a tener valor, fe y esperanza en el Mesías resucitado. También dudan, pues sienten que los cristianos que estamos mirando desde fuera dudamos de su mensaje o no tomamos en serio sus llantos.
Saben muy bien que «no hay resurrección sin crucifixión, ni esperanza sin desesperación.» Anhelan, como María de Magdala, en la oscuridad y el dolor, ser capaces de reconocer la voz de la resurrección, que les de fuerza para perseverar y empoderar a los demás.
Que nuestra oración este impregnada de su presencia, que su sangre derramada nos despierte a una entrega fiel y amorosa, anunciadora de la Vida que puede con la muerte.

