La vigilia pascual de este año comenzó con un montoncito de incertidumbres. No sabíamos si podríamos abrir la celebración en la calle, en torno al fuego santo. Todo indicaba que iba a llover, pero no, no llovió. Qué bien. Entonces le dio al tiempo por soplar viento y encender el cirio pascual se convirtió en uno de los trabajos de Hércules. Era difícil acercarse al fuego, incluso siendo bastante pequeño, era imposible que la llama prendiera en el cirio pascual.
Parecía que no hubiera manera de resucitar.
Por fin, tras un rato largo, el presbítero, casi con capa de súper héroe, logró que se mantuviera encendida la llama mientras la custodiaba con las manos, para que el viento no se la robara. Intentamos encender nuestras velas, lo cual, de nuevo, fue misión casi imposible. Alguna persona lo logró, de nuevo custodiando la pequeña llama con las manos, incluso dentro de la chaqueta. Más tarde, ya en el interior de la iglesia, pudimos encender todos las candelas, pasándonos la luz, esperándonos.
Está claro que esto de mantener la llama encendida requiere cierta dosis de esfuerzo e imaginación. No todo el mundo puede proteger la luz encendida al mismo tiempo y en las mismas circunstancias, para eso están los procesos, las esperas y las paciencias. De todo esto nos habla Francisco, que para eso leía el evangelio con la piel y con el alma, porque sabía la historia de la higuera, la de la masa y la levadura y la de los apóstoles, a los que les costó lo suyo mantener la llama prendida en el corazón.
Unas horas después del lío del cirio, moría Francisco, en ese lunes que era domingo de pascua.
Ayer, viendo el funeral del Papa, podíamos observar las dos filas de cardenales que salían de la iglesia para ocupar sus sitios en la plaza. Doble hilera roja, doble hilo de sangre que salía del Vaticano. Hay posibilidad para varias metáforas.
Con la muerte de Francisco, el Vaticano se desangra, un poco al menos.
Un flujo de sangre que ponía de manifiesto, entre otras realidades, la ausencia de mujeres.
Una sangre, una herida, que, tras el funeral, volvió al interior del templo. Sangre que, si se deja, puede ser fecunda, maravillosamente fecunda.
Probablemente, el colegio cardenalicio anuncie en breve la fecha del cónclave. Comenzaremos entonces un tiempo de discernimiento en la Iglesia. Que no podamos votar no significa que no debamos orar para que quienes tienen esa posibilidad (quizás también capacidad) se abran a los susurros de la Ruah de Dios. Toda la Iglesia estamos en tiempo de discernimiento, no podemos dejar sólo en manos de los cardenales un momento tan importante. No, nuestra oración es inmensamente necesaria, con ella hemos de custodiar la presencia del Espíritu en todo este proceso, como hacíamos con las manos al guardar la pequeña llama de nuestra candela en la vigilia pascual.
Tenemos una responsabilidad, porque la Iglesia es cosa nuestra, también. Qué «diosidencia» que este tiempo de discernimiento caiga en las semanas de pascua, cuando estamos dejándonos atravesar por el Espíritu.
Está claro que Dios Trinidad, como buena modista, no da puntada sin hilo 😉
Feliz Pascua, feliz proceso.

