Introducción:
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Tras la celebración del día de ayer, afrontamos esta jornada de viernes santo. Es un día denso por su contenido, por lo que vamos a recordar, por lo que puede sugerirnos a nivel personal, también a nivel comunitario, como Iglesia.
La celebración de esta tarde, la Pasión del Señor, es austera, parca en gestos, en música. Se procura que todo sea sobrio, casi escaso, así la celebración de la vigilia pascual será una locura de símbolos, música, color y movimiento.
Comenzamos la celebración en silencio y el presbítero camina hacia el altar. Se postrará delante de él. El resto de la asamblea nos arrodillaremos un momento como gesto de humildad.
La Palabra de Dios es fundamental en esta celebración, tanto la primera lectura, de Isaías, bellísima e impactante, como la lectura de la Pasión.
Tendremos un momento largo de peticiones, recordando las necesidades de nuestro mundo.
Otro momento clave es el de la adoración de la Cruz, símbolo de la entrega de Cristo por amor a la humanidad.
En esta celebración no hay consagración del pan y del vino, se comulga el pan consagrado el día anterior y reservado para este momento. El altar estará desnudo, sin manteles ni flores ni velas, como expresión de pobreza, de duelo.
La celebración también acabará, como ayer, sin despedida. Ayer iniciamos el triduo y no se concluye hasta mañana, con la vigilia pascual, una única celebración con tres partes.
De todos los gestos y símbolos que tenemos en esta celebración y de los que hablaremos un poco más esta tarde (esto ya sólo para quienes vengáis al monasterio), queremos destacar dos que puedan ayudarnos a reflexionar y a orar en este día.
Postración:
Quiero hablar del gesto de la postración, que tanto impacta cuando se ve. Como he dicho, el presbítero se dirige hacia el altar y, antes de llegar a él, se postra, se tira al suelo, en un gesto de humildad, que no de humillación.
El presbítero se postra el día de su ordenación sacerdotal, reflejando su pequeñez, su abajamiento, reconociendo que sólo Dios es el Señor de su vida.
Igualmente hacemos las monjas y los monjes el día de la profesión solemne. Nos postramos en el suelo, frente al altar, mientras la asamblea canta las letanías, pidiendo a los santos y santas de Dios que acompañen la nueva vida de la hermana que va a hacer su última profesión. Es un momento impactante, para los presentes y para quien lo está realizando.
Tumbarse en el suelo, el rostro pegado a la tierra, nos recuerda que somos también esa tierra, que en nuestra materia está la tierra, la humilde tierra que recoge lo bueno y lo malo, que es hollada por los pasos de cualquiera, a veces besada, a veces herida.
“Te decían: «Doblégate para que pasemos», mientras tú ponías la espalda como un suelo, como una calle para los transeúntes” (Is, 51, 23).
Si acogemos esa cita de Isaías podemos pensar que, postrados, nos hacemos puente para que otros pasen y lleguen a Dios. Puente, pontífice. Sin tener el título oficial, podemos realizar el mismo servicio. Que nuestra vida sea canal para los demás, que no sea obstáculo en el camino.
¿Cómo hacemos eso? ¿Cómo puedo hacer que mi vida sea un puente para los demás que una su vida con la de Dios? La respuesta la encontramos en Jesús, en su forma de vida, por eso es importante leer con curiosidad y corazón abierto los evangelios, por eso es importante escuchar las experiencias de otras personas, de aquellas que vemos que su vida está guiada por Dios.
Aun con todo, la primera lectura de hoy, fascinante, (Isaías 52, 13 — 53, 12) nos recuerda que no hay poesía ni belleza en la postración, que no hay admiración en los demás, ni aplauso, que ni tan siquiera hay certeza, sólo confianza y amor.
Vivir postrados, es decir, haciendo que nuestra vida sea puente para los demás, sea calzada, camino que lleva a los otros a Dios, no da garantías de éxito, como no las daba tampoco la muerte de Jesús. ¿Quién te va a creer? Lo dice Isaías, “¿Quién creerá nuestro anuncio?”. ¿Cuál es nuestro éxito? Escaso. Si fuera un éxito increíble, estarían las iglesias llenas, las comunidades tendrían montones de gente viviendo de manera alternativa… pero no, no es así. Nuestra fe es de minorías, porque es una fe que duele, porque nadie quiere indicar el camino hacia Dios haciendo de su espalda la calzada. Es más fácil indicar el camino con el dedo, diciendo “por ahí, se va por ahí”.
La lectura comienza de una manera paradójica: Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Después de escuchar esto, nos encontramos con un Siervo (entendemos que esa figura es Jesús) que vive con grandes dificultades: despreciado, evitado por la gente, acostumbrado al sufrimiento, maltratado… ¿Y ése es el éxito? Pero no, no se trata de vivir humillados, para eso Cristo nos devolvió la dignidad de Hijas e Hijos. No se trata de buscar el sufrimiento como si así fuéramos mejores (el simple hecho de creernos mejores, más sabios, con más razón ya invalida cualquier acto de entrega). No se trata de sufrir por sufrir, qué desatino. No, se trata de sufrir por amor, de darme cuenta de que aunque mi respuesta de amor pueda ser dolorosa para mí aun así la doy, respondo que sí, con un “hágase” como el de Jesús, “aparta de mí este cáliz, pero que no se haga lo que yo quiero”.
La medida de mi entrega no está en cuánto sufro sino en cuánto amo. A veces el amor lleva sufrimiento (poner la espalda para que otro pueda caminar sobre ella). A veces el amor no lleva sufrimiento, sino serena confianza, “gracias, Padre, porque así te ha parecido bien”.
Podemos hablar mucho más sobre este texto de Isaías, la primera lectura de hoy, pero es mejor orar con él, no sólo eso, también dejarte mirar por él, escuchar lo que te dice, percibir cómo te toca, a qué huele y qué regusto te deja en el alma.
Altar desnudo:
Muy unido a este gesto de la postración está el de encontrarnos en la celebración con un altar desnudo. En la celebración de ayer quitamos el mantel, las flores, las velas… Esta tarde no habrá nada, una mesa sin preparar, no hay banquete, no hay fiesta, sólo desnudez.
Dependiendo del contexto, una persona desnuda es una persona frágil, más vulnerable. El vestido no sólo nos protege del frío, también protege nuestra intimidad, a veces nos enmascara, nos defiende o, incluso, nos esconde. Y, también, nos sitúa en la verdad y en lo más puro de nuestra esencia.
El viernes santo, la mesa del altar, la mesa que nos reúne en un banquete común está desnuda porque no hay celebración. Sólo hay confianza, quizás una brecha en el dolor por donde pueda colarse la luz.
La desnudez nos habla de ausencia y ésta, a su vez, nos habla de un piadoso echar de menos. Nos conduce al principio, al sentido original de las cosas.
Jesús, desnudo en la cruz, es la Verdad crucificada, asesinada.
Jesús es una locura, es un delirio. Delirar significa “salirse del surco”, de la línea trazada.
Toda la vida de Jesús fue delirar, salirse de lo establecido, poner a prueba la intransigencia de sus contemporáneos, darles la oportunidad de ver algo nuevo, de ser alguien nuevo.
El Maestro nos invita a delirar, a salirnos de lo que es habitual en nuestra vida.
¿Y si hay algo más para mí?
¿Y si no es esto? ¿Y si hay otra manera de vivir?
¿Y si desnudo el alma y la dejo a la intemperie?
¿Podrá mi confianza con esto?
…
El altar desnudo nos coloca ante un Dios que nace desnudo, frágil, vulnerable, limitado, y que muere desnudo, frágil y limitado.
Ahí está el misterio de nuestra fe.
Dice María Zambrano que se es de donde se queda prendida la mirada. Qué sugerente es esta idea. ¿Dónde se nos queda prendida la mirada? ¿Dónde se detiene mi corazón?
…
Un deseo:
Que nuestra vida sea puente para los otros, a veces de una manera más fácil y otras más esforzada, quizás con sufrimiento.
Que vivíamos desnudas, volviendo a nuestro origen, retrocediendo en nuestro árbol genealógico hasta que nos demos de bruces con nuestro principio, Dios mismo, el Amor Absoluto.
Os invito a quedaros esta tarde delante de la cruz y delante del altar desnudo, contemplando, dejando prendida la mirada.
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PROPUESTAS para la oración
- Is 52, 13-53,12
- Is 51,23
- Pasión de Juan
PROPUESTAS para la reflexión sincera (no para la flagelación, ¿eh?). Valoro
- mi entrega, mi ser puente para los demás
- cómo entiendo el sufrimiento, qué sentido le doy, si es que se lo doy
- qué entiendo por tener éxito, cómo estoy orientando mi vida, hacia dónde y si coincide con la orientación de Dios.
- cómo llevo esto de desnudarme ante los demás, de reconocerme frágil
- cómo llevo lo de pedir perdón o equivocada
- si me atrevo a delirar, a salirme del surco, de lo marcado
- dónde se me queda prendida la mirada

