En estos domingos de cuaresma, siguiendo la invitación en este año jubilar a peregrinar, nos agarramos de la mano de algunos personajes bíblicos que nos ayudan a recorrer el sendero y a ser peregrinas/os hacia la Pascua.
Domingo IV, Domingo de la Alegría
Gn 32-33
“Jacob, lleno de miedo y angustia, dividió en dos caravanas su gente, sus ovejas, vacas y camellos, calculando: si Esaú ataca una caravana y la destroza, se salvará la otra. Jacob oró: —¡Dios de mi padre Abrahán, Dios de mi padre Isaac! Señor que me has mandado volver a mi tierra nativa para colmarme de beneficios. No soy digno de los favores y la lealtad con que has tratado a tu siervo; pues con un bastón atravesé este Jordán y ahora llevo dos caravanas. Líbrame del poder de mi hermano, del poder de Esaú, pues tengo miedo de que venga y me mate, las madres con los hijos.
[…]
Alzó Jacob la vista y viendo que se acercaba Esaú con sus cuatrocientos hombres, repartió sus hijos entre Lía, Raquel y las dos criadas. Puso delante a las criadas con sus hijos, detrás a Lía con los suyos, la última Raquel con José. Él se adelantó y se fue postrando en tierra siete veces hasta alcanzar a su hermano. Esaú corrió a recibirlo, lo abrazó, se le echó al cuello y lo besó llorando.”
Nada hay más tenaz que el recuerdo de las humillaciones y heridas del pasado. Consigue mantener el recelo, a veces incluso de una generación a otra. El perdón del Evangelio nos permite pasar más allá del recuerdo. ¿Somos nosotras de las que entregan sus energías para parar las desconfianzas, antiguas o muy recientes?
Una de las más límpidas joyas del Evangelio es avanzar ahora y siempre hacia una sencillez de corazón que mueva a una sencillez de vida. El espíritu de sencillez se transparenta en un gozo sereno y también en la alegría del corazón. Simplificar invita a disponer lo poco que uno tiene con la belleza sencilla de la creación. Quien busca la reconciliación con un corazón muy sencillo consigue superar las situaciones empedernidas, como en el inicio de la primavera el agua del riachuelo se abre camino a través de una tierra todavía helada.
Cristo de compasión, gracias a tu Evangelio descubrimos que medir lo que somos o dejamos de ser no lleva a ninguna parte. Lo esencial reside en la humilde confianza de la fe. Por ella comprendemos que Dios sólo puede amarnos a todas.

