Hace un par de días tuvimos la oportunidad de participar, tres hermanas, en un sencillo encuentro con jóvenes para hablar de la vocación pero, más concretamente, de la vida comunitaria. Nuestra presencia fue virtual pero aun así, en encuentro fue rico.
Había un par de jóvenes que pertenecían a diferentes comunidades, un religioso, un matrimonio… todos hablaron, hablamos, de la vida comunitaria según su propia experiencia. Lógicamente, es imposible comparar los diferentes estilos ya que las vocaciones son diversas y también la manera de llevarlas adelante. Esto está bien, no es necesario comparar, es más, ni tan siquiera es bueno, una de las grandezas del ser humano es la infinita capacidad que tiene para crear realidades nuevas, y ya sabemos que la diversidad es un atributo de Dios.
Nos sentimos agradecidas por esta invitación pero lo mejor vino antes del encuentro, cuando las tres hermanas nos reunimos previamente para preparar todo. Quizás eso era lo que debíamos haber contado a los jóvenes, la sencilla necesidad de dedicarnos tiempo.
Los escasos 40 minutos en los que estuvimos hablando, tomando notas, compartiendo qué es para nosotras la comunidad, qué queríamos contar a los jóvenes fueron los prolegómenos dulces de algo que no sabíamos cómo transcurriría.
Lo cierto es que podíamos haber preparado el encuentro en diez minutos, iba a ser todo muy sencillo, una simple aportación, breve y concreta, pero, sin pretenderlo, convinimos vernos con más calma para buscar el lugar de la conexión, comentar los puntos y centrarnos. Fue un pequeño regalo al final del día, un encuentro inesperado en el que nos contamos aquello que queríamos contar. El encuentro con los jóvenes estaba siendo preparado pero no el nuestro, ése era espontáneo y por ello más rico porque las palabras y las ideas nos salían sin artificios, cada una expresando lo que más le resonaba por dentro.
Todo esto fue posible porque nos dedicamos tiempo, porque optamos por “perderlo” de esta manera.
No somos novatas en estas lides, no nos habría hecho falta casi ni vernos previamente para realizar la conexión pero la gente que esperaba nuestra intervención se merecía nuestra presencia y nuestro tiempo, una pequeña reflexión previa y también unos minutos de silencio que nos ayudaran a ponernos en presencia de Dios. Todo esto produjo el milagro de un rato compartido en comunidad, en un pequeño grupo de hermanas, una humilde representación.
Esto ha servido de lección para aprender que no siempre que se pierde el tiempo significa que sea tiempo perdido. Perder el tiempo de esta manera da como fruto un instante de intimidad comunitaria.
Gracias a las comunidades del colegio de la Sagrada Familia (SAFA) de Madrid por haber creado este momento de discipulado.
Gracias a Dios que nos regala el don de la escucha. Ya dice la Biblia que a Dios no se le puede ver pero sí escuchar. Pico y pala con esto.

