Señor, si quieres, puedes sanarme (Lc 5,12).
Varias veces este tiempo de Navidad hemos escuchado y hemos cantado que nos ha nacido un salvador. Es el anuncio del ángel a los pastores, “la buena noticia que traerá a todo el pueblo una gran alegría” (Lc 2,11).
No es fácil explicar hoy qué significa que Jesús sea el Salvador y cómo nos salva. Las lecturas de estos últimos días del tiempo de Navidad nos pueden ayudar. Nos presentan aquello que ha venido a traer Jesús: salud, alimento, liberación, confianza, presencia, reintegración.
El evangelio de hoy nos cuenta la curación de un leproso, una persona enferma físicamente y también excluida social y religiosamente. Destaca en este texto la importancia de la voluntad de Jesús. El hombre enfermo confía en la voluntad de Jesús para purificarlo, y Jesús confirma su voluntad de hacerlo.
Tenemos cerca los días de buenos propósitos y de cartas a los Reyes. Estos expresan quereres que se van transformando en voluntad o en simples deseos satisfechos o frustrados. Jesús y el hombre leproso nos pueden ayudar a observarnos en este contexto.
Por un lado, aparece la voluntad ofrecida del hombre enfermo, plenamente confiada a la voluntad de Jesús. La Biblia está llena de personas que acogen en su voluntad la voluntad de Dios. Así se va desarrollando lo que llamamos “historia de salvación”. Acoger la voluntad de Dios no es negarse a una misma. Por el contrario, es hacer vida las actitudes de humildad y confianza.
Por otro lado, Jesús asume que tiene voluntad. En otros lugares nos dice que su voluntad es hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 6,38). Escuchar y hacer la voluntad del Padre no nos hace marionetas, sino que nos fortalece y da consistencia a nuestra voluntad. Así hacemos nuestra la voluntad de Dios de bien, salud y libertad.
Esto nos libera de nuestros pequeños quereres, los que nos generan tanta frustración y enfrentamiento.
ORACIÓN
Ensancha, Trinidad Santa, nuestra voluntad, para que quepa en ella tus sueños para la humanidad.

