En JESÚS, Dios es el visible, el audible y el palpable.
Jesús es el don perfecto de Dios.
Es la PALABRA definitiva, la última.
Jesús es la totalidad, el final de todo camino, de todos los caminos y también el origen de cada uno de ellos.
Jesús es el NOMBRE que aglutina todos los nombres y que logra que cada ser sea nombrado en su individualidad.
Jesús es el bebé que, por eso mismo, por su fragilidad, exige de cada una de nosotras, una mayor madurez, una coherente y afinada responsabilidad.
Jesús, «DIOS SALVA», el que nos rescata de la monotonía, de la estructura que doblega, que ahoga la creatividad.
Jesús es principio de discernimiento de la propia vida, el que amansa las dudas del corazón y cancela las deudas del alma.
Ante el Nombre de Jesús, nos arrodillamos, lo pronunciamos quedo, lo acariciamos y lo hacemos nuestro presente, más aún, atemporal, eterno.
Jesús es el «quitador» de miedos, el BESO DE DIOS AL UNIVERSO.

