Salimos corriendo, casi con lo puesto, entre las ruinas de lo que fue nuestra vida. Miramos hacia otro lugar, buscamos una estrella que nos guíe y nos muestre un camino ancho bajo nuestros pies. Confiamos que la paz se derrame y podamos volver a casa.
Hoy, después de la solemnidad de la Epifanía, empezamos a recoger los belenes del monasterio. Todavía no ha acabado el tiempo de Navidad. Nos queda toda la semana, hasta el domingo, cuando celebraremos el Bautismo de Jesús y ya volveremos al tiempo ordinario. Pero estos días ya son otra cosa: es tiempo de notar qué nos han dejado las celebraciones, la oración y la reflexión de la Navidad. Lo compartido, lo escuchado, lo intuido.
Las figuras van volviendo a las cajas donde descansarán hasta el año que viene. Las decoraciones nos hablan del sentido que queríamos darle a la Navidad. Nos ponen ante las expectativas, lo vivido y lo que ha dejado poso.
En estos días, nos sentimos volviendo a casa, como los tres Magos después de adorar al niño Jesús. Y nos sentimos muy afortunadas de poder hacerlo. Volvemos a una cotidianidad lista para ser habitada en serenidad y paz. Nos acordamos de tantos miles de personas que no tienen una cotidianidad a la que volver, poco que celebrar, ningún camino ilusionante.
Nos hacemos, acompañándolas, peregrinas de la esperanza hacia un mundo en que construyamos juntas, en que no tengamos que huir unas de otras.
«Cuando se marcharon, un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
—Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.
Se levantó, todavía de noche, tomó al niño y a su madre y partió hacia Egipto, donde residió hasta la muerte de Herodes» (Mt 2, 13-15).

