«Más bien, dichosas quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica» (Lc 11,28).
En la celebración de Nuestra Señora del Pilar, el evangelista Lucas nos llena el día con esta bella bienaventuranza pronunciada por Jesús. Más que pronunciada, tal vez también gritada, como lo ha hecho la mujer que un momento antes ha piropeado a la buena de María.
Jesús desvía el piropo, como hace siempre que le echan flores. María no es dichosa, bendita, por ser su madre, sino por creer que Dios lo ha enviado.
Si nos fijamos con atención en otros textos, vemos cómo Jesús se quita siempre del medio. Intenta que la mirada no se centre en él, sino en su Padre. Sabe que todo lo que él es, todo su ser, lo es en tanto en cuanto su mirada se orienta hacia Dios.
En las palabras de Jesús hay dos enseñanzas. Por un lado, como decimos, nos anima a quitarnos del medio, a descentrarnos. Nos llama a no permitir que el ego, ese bichejo tozudo que tiene morada alquilada al lado de nuestro corazón, se crea que rige nuestras vida. Por otro lado, nos muestra la importancia de creer en la Palabra de Dios y de actuar en consecuencia. Las dos cosas.
Ojalá aprendamos a adquirir esa elegancia de espíritu que nos facilite el camino de la humildad y la compasión.
Ojalá aprendamos a adquirir la generosidad necesaria para piropear a quienes nos rodean, sonriéndoles y concediéndoles un trozo de nuestra alegría y reconocimiento.
Os invitamos a lanzar un piropo hoy a aquella persona que tengáis más a mano. Mirad la belleza de su corazón y decídselo.
Oración
Que nuestro pensamiento, palabra y acción sean espacios donde se manifieste tu presencia, Señor. Que sepamos abrirnos a los susurros que brotan de ti, con ese empeño que tienes por continuar embelleciéndonos, haciéndonos, día tras día, más parecidas a ti.

