Qué sugerente es el evangelio de este jueves (Lc 9, 7-9). Herodes Antipas, hijo de aquel Herodes que intentó matar a Jesús cuando era un recién nacido porque temía que ese niño, siendo adulto, le arrebatara su corona, siente una inmensa curiosidad por conocer a ese hombre que está formando revuelos dentro de su jurisdicción.
Herodes Antipas había mandado asesinar a Juan el Bautista. Hacia Juan sentía cierta querencia y, según los relatos, no le gustó mucho tener que ceder a la petición de Salomé de que le cortara la cabeza.
Ahora es Jesús quien lo intriga y desconcierta, hasta el punto de preguntarse quién es ese hombre del que se murmura tanto. Quizás teme que, como Juan, denuncie públicamente su situación personal trayéndole así problemas. Quizás, sólo quizás, Herodes, en el fondo, sea un buscador.
Dios es muy listo, afortunadamente, y no sigue los cauces que le marcamos o que le proponemos, o que nos parecen más lógicos. Dios aprovecha la vida de cada cual para provocar un encuentro. Eso sucederá con Herodes. Quizás por el temor a perder su posición, quizás por la soberbia de obtener siempre respuestas, quizás el deseo, lo que fuere, el caso es que, andando el tiempo, el encuentro se dará.
Dios, como digo, se sirve de la vida para encontrarse con cada quien. Le importan bien poco los extremos o los centros, la edad o la circunstancia. Da igual que sea a partir del pecado, que del miedo, que de la alegría o de la casualidad. Se cuela en la vida a veces de una manera tan sutil que a ti ni tan siquiera te ha dado tiempo a percibirlo. Entonces, delicadamente, tu vida comienza a cambiar, de forma apenas perceptible. Con el tiempo, mirando hacia atrás, te das cuenta de los pasos dados y quizás puedas percibir los pasos que has de dar.
“Dios es la vida sucediendo”, dejó escrito un amigo.
Efectivamente, y negarlo es negar la vida, como negar la vida es negar a Dios.
La oración, el silencio, la actitud contemplativa, la conversación honda y honesta, valiente, te ayuda no sólo a mirar sino a entender, a captar lo que está pasando, en ti y fuera de ti. Te ayuda a leer, a aspirar lo que acaece, ese “la vida sucediendo”.
El miedo de Herodes lo llevará a encontrarse con Jesús al final de la vida de éste. No sabemos qué sucedió en el corazón del monarca pero nos sirve de ejemplo de deseo. No cejó en su empeño por encontrarse con el rabino judío, aunque lo despreció y lo rechazó porque no era lo que él esperaba. Dios nunca es lo que esperamos. Es otra cosa, otra realidad, otro lugar y tiempo, por eso es tan único el encuentro cuando lo acoges y te sumerges en él.
Dios se cuela en todo y a través de todo. Podemos pasarnos la vida haciendo fintas para rehuir ese contacto pero probablemente acabemos contracturados y agotados de tanto requiebro y escorzo imposible, además del tiempo, preciosísimo, que perdemos en la huída, yendo hacia el otro lado, como Jonás, que tuvo la mala idea de sentarse bajo un ricino y eso le sirvió a Dios para decirle cuatro verdades. Da igual, como Dios esté empeñado en encontrarse contigo, no hay donde meterse, lo mejor es afrontar la conversación y asumir lo que venga.
Por cierto, asumir lo que venga de Dios no es malo, ¿eh? Nunca, puede ser complicado, pero ni es malo ni es imposible.
Dios aprovecha la vida para verte, así de sencillo, “como un amigo habla con su amigo”.

