Dice el filósofo Josep Maria Esquirol en su ensayo La escuela del alma. De la forma de educar a la manera de vivir (Acantilado, 2024) que “la no indiferencia es el cultivo del umbral”. Ya sólo con esta frase merecería la pena el libro. Afortunadamente, como siempre en este autor, hay muchas más perlas.
Es fascinante la idea de umbral, como también la de origen, de la que habla en otros textos. Somos origen, somos inicio. Le damos una importancia suma a lo que sea que suceda tras la muerte (quizás por el temor ante lo desconocido y lo aún no vivido) pero es fascinante y abrumador el repetidísimo acto de nacernos, de sernos nacidos, de ser dados a luz.
A veces creo que somos origen pero no somos final, porque sí tenemos un principio, aunque desconozcamos dónde está pero no tenemos un final, aunque sí una meta.
Ser origen, ser inicio es el regalo de la novedad. Es fácil pensar que cada día es un inicio, y es cierto, ya que el ser humano decidió crear eso que llamamos tiempo cronológico, pero el misterio del origen va más allá, está unido a la premura del caminar. Cada paso en la vida es inicio, por eso no debemos dejar de caminar, porque solo así creamos memoria, atesoramos recuerdos y proyectamos futuros que, paradójicamente, serán inicio.
En realidad, hoy queremos hablar del umbral, de esa magnífica frase de Esquirol: “la no indiferencia es el cultivo del umbral”. El autor continúa hablando de la no indiferencia pero es muy seductora la idea de umbral, muy vinculada, por cierto, a la de inicio y a la de final.
Los umbrales propician los encuentros. Siempre hay un umbral en las puertas, en los accesos a las viviendas, a las casas. El mismo umbral está en la salida de ese mismo hogar. Ocupa dos realidades, un acceso y una salida.
Etimológicamente, umbral está relacionada con lumbre, entendida esta palabra como “hogar”, el fuego que caldeaba las viviendas y que hacía las veces de cocina. En mi memoria olfativa está bien presente el olor del fuego de las cocinas de leña que había en las casas de los pueblos, como la de mis abuelos.
Para poder encontrarnos con alguien hemos de atravesar el umbral que nos acerca y nos separa, como las orillas.
Para tomar decisiones también hemos de dar un paso y salir del umbral.
El umbral es necesario, facilita el tránsito pero no podemos vivir en el umbral, como no podemos, o no debemos, permanecer siempre en la indiferencia, la ambigüedad o la indeterminación. Por eso dice Esquirol que la no indiferencia es el cultivo del umbral, porque la apertura al otro y al Otro hace que se produzca el encuentro y el Encuentro.
También el tiempo de la alborada es el umbral que marca el final de la noche y el comienzo del día. La apatía, la tibieza o el desamor, sinónimos de la indiferencia, hacen que afrontemos el día con indolencia o desgana, sin ningún acucie del deseo. Un tiempo sí, un tiempo se puede vivir en el umbral, pero no siempre.
Atravesar el umbral o permitir que el otro o el Otro lo atraviese y venga a nuestro encuentro es el inicio de un suceso. Hay un acto de valor y de confianza en ese hecho, la generación, como decíamos al principio, de una memoria y de un misterio.
Cada cual busque su propio umbral, aquel que le conduzca, de lleno, al inicio absoluto que es Dios.
Buen día, sea la hora que sea 😉

