Podríamos decir que, de nuevo, nos han robado a Jesús. Las mujeres, en la mañana de la resurrección tuvieron la experiencia de que habían robado el cuerpo del Maestro y no sabían dónde estaba. Esta fiesta de la Ascensión nos coloca en una situación similar. Cuando pensamos que Jesús está de nuevo con nosotras, resucitado, invitándonos a vivir desde una dimensión diferente, nos es “sustraído” de manera casi sorpresiva.
Cristo desaparece de la vista, nos deja, como a María el ángel en el anuncio, solas, o no tan solas, porque su presencia ha quedado tatuada en la experiencia transformadora que es la resurrección.
La fiesta de la Ascensión del Señor nos coloca ante la tesitura de darnos cuenta de hacia dónde dirigimos nuestra mirada, cuánto de autónomas somos, cómo es de madura nuestra fe y cuánto de entrega hay en ella. Si necesito que todo vaya bien (¿qué es “bien”?) para poder continuar con mi fe, entonces algo falla.
Jesús nos invita a seguir a su lado pero sin pegarnos a él. La libertad que nos regala hace que nos ponga ante el reto de optar. No podemos vivir como antes, hay una experiencia nueva que nos confronta y nos pregunta.
Estamos en la última semana de Pascua, abocadas a la gran fiesta de Pentecostés, tan bella.
Que la Ruah de Dios siga soplando en tu corazón.

