A las 6 de la mañana todo estaba calmado. Hay un silencio particular, un sosiego seductor cuando, al alba, el cielo permanece encapotado. Las nubes son silenciosas y amortiguan los sonidos.
El corazón lo percibe pero no siempre tiene la capacidad de acogerse a esa propuesta. Hay capacidades que es necesario crearlas. Somos co-creadoras de tantas realidades…
Las nubes son presencia de Dios que guía el camino, como lo hizo con aquella muchedumbre de mujeres y hombres que aspiraban a alcanzar una promesa.
La primera oración de este día en el que celebramos la fundación de la comunidad, ha venido acompañada de un relato del viaje de nuestras antepasadas. Hoy nos acogemos a aquel viaje, a su ponerse en camino e ir al encuentro de lo que Dios había ido disponiendo para ellas. Esa capacidad de acoger la voluntad de Dios también tiene algo de tarea, y algo de don.
La primera lectura de la eucaristía (Hec. 16, 11-15) nuevamente nos vincula con aquellas mujeres que comenzaron a orar, como las del texto bíblico, al lado de un río.
Nuestra comunidad está orillada junto a una ría. Al despertar cada mañana, lo primero que vemos es esa lengua viva que respira al ritmo de la marea. Está viva, indefectiblemente viva. Si orar es respirar, nuestra ría vive en oración continua y su aliento nos recuerda que ese es el centro de nuestra vida, orar y hacer presente a Dios, latido inextinguible.
El salmo 42 habla de ciervas, de sed, de búsqueda y de agua: «como ansía la cierva corrientes de agua, así te busca mi alma, Dios mío».
Parece que Dios, hecho pan, se desmiga para, como en el cuento, marcarnos el camino.
El día va de mujeres que se atrevieron. Hemos escuchado el evangelio que narra la visita de María a su prima Isabel. En él no hay ría pero en ella hay vida, abundante. Y audacia, mucha audacia para acoger la rotundidad de la experiencia de Dios en sus vidas y encarnarla. No se puede huir cuando Dios fecunda tu vida, no importa si, como los salmones, remontas el río rebeldemente, o si te dejas sumergir en la mar. No importa. No se puede negar lo que se ha vivido.
Nuestras hermanas supieron de viajes y contratiempos, de dudas, de miedos, de confianza y espera.
Recibimos su legado, a los pies de esta agua que nos invita a orar y a quedarnos, en este valle que sugiere recogimiento y que reverbera conversaciones y proyectos, sueños y esperas.
Hoy, Señor, como hace más de siglo y medio esta pequeña comunidad de mujeres que rezan a la orilla de un río, escucha tu Palabra y renueva su discipulado.
“Solo por hoy”, cada día un “solo por hoy”.
Compromiso pequeño, pero cariñosamente tozudo y diario.
Y a quienes nos acompañáis con vuestra vida, a quienes nos enriquecéis con vuestra fe, a quienes nos honráis con vuestra intimidad, “la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todas vosotras”.
Amén.

