¡Qué poco queda para vivir esos días de misterio y hondura que son el triduo pascual!
Para nosotras, la última semana de cuaresma es crucial porque procuramos que todos los preparativos estén terminados y así poder estar tranquilas para comenzar la semana santa con un clima de interioridad y apertura a lo que Dios quiera contarnos a través de vuestra presencia, a través de las celebraciones, la música (¿ya estáis escuchándola?), la oración, el silencio…
Os invitamos a que en la medida de vuestras posibilidades, también vosotros vayáis terminando cosas y, poco a poco, permitáis que vuestro ritmo se desacelere para poder conectar mejor con vuestro interior.
El evangelio de hoy es un poco complicado de entender pero no es preciso entenderlo todo, ¿no?, lo que sí es preciso es vivir, al menos, una parte, y hay una parte que nos es común: la semilla. Qué sabio es Jesús al hablarnos de la fuerza y de la debilidad de una semilla. Si cogéis cualquier semilla de tomate, una pepita de naranja o de manzana, una semilla de calabaza, lo que sea, podréis apreciar su fragilidad. No cuesta tanto aplastarla con los dedos, o con un golpecito de la cuchara. Es muy fácil perderla, apartarla, tirarla… Y aun con eso, ¡qué inmensa fuerza tiene esa cosa minúscula que es capaz de, una vez sembrada, romper la coraza de la tierra, brotar, crecer y crecer y crecer hasta dar frutos, muchos, con muchas más pepitas!
Así nos ve Dios, semillas, frágiles y fuertes, porque somos misterio. Tenemos que ser lo que somos en cada momento y siempre aspirando a más, empujadas por el Espíritu de Dios a dar fruto abundante que a su vez dé semillas. Somos parte del ciclo de la vida, no una parte cualquiera, sino única, si no morimos y damos fruto, un eslabón de la belleza de la vida se pierde.
Dar fruto es iluminar, y así ya no habrá más noche, porque nuestra entrega confiada permite que se nos abran los caminos que Dios quiera. Siempre confiar, soltar y confiar. Morir, entregar y germinar.
Dejarnos mecer por el soplo del Espíritu es saber que no estamos solas, que en cada una hay un aliento divino que supera cualquier otro afecto, cualquier otra presencia porque nos da la vida y nos empuja a colaborar en esa obra de vivificación.
“Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida”.
Feliz semana V
Un abrazo en Dios Trinidad.
Comunidad de Monjas Trinitarias de Suesa

