El texto del evangelio que tenemos siempre para la segunda semana es el de la transfiguración de Jesús. Debe de ser un texto muy importante porque es uno de los pocos que se repiten dos veces en el año (lo escucharemos de nuevo el 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración).
La semana pasada nos encontrábamos con Jesús luchando con sus tentaciones, como cualquiera de nosotros. Marcos llama a las tentaciones “fieras”, y es verdad, a veces nos pegan un buen “bocao” y nos dejan heridos.
Jesús es tan humano, tan humano, que durante toda su vida sufrirá numerosas tentaciones. Nada de ahorrarse el esfuerzo de alejarlas, por muy hijo de Dios que sea.
Esta semana, en cambio, tenemos a Jesús vestido de luz y de gloria. Hoy Jesús aparece como Hijo de Dios, como alguien capaz de relacionarse con el Padre de tú a tú.
Con estos dos domingos podemos caminar toda la cuaresma hacia la fiesta de la Pascua. Sabemos que Jesús es el Cristo, 100% hombre y 100% Dios. Esto era un claro spoiler, pero algunos no se enteraron muy bien, otras sí.
En eso está anclado nuestro lema, que “ya no habrá más noche”, a pesar de las fieras y los mordiscos, los tropiezos y las historias que, aparentemente, acaban mal. El Maestro nos contagia la luz, nos regala millones de luciérnagas que bailan a nuestro alrededor e iluminan aquello que miramos y aquello que ignoramos.
Ya no habrá más noche porque estamos sumergidos en la esperanza y la confianza.
La segunda frase del credo nos recuerda que El Espíritu Santo, la Ruah Santa de Dios es generadora de vida y que la vida late y late sin morir nunca. Somos hijas, hijos, porque Jesús lo es primero.
“Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo”.
Feliz semana II.
Un abrazo en Dios Trinidad.

