Hace ya unos años se puso de moda el programa llamado “Españoles por el mundo” en el que se contaba la vida de personas que vivían fuera de España. En uno de esos programas podemos descubrir la vida en Malula, un pueblo de Siria donde se habla arameo, la lengua de Jesús. Para muchas personas tal vez sea una sorpresa descubrir que se sigue hablando el arameo. Es un pueblo donde los cristianos tienen miedo por ser cristianos. Ahora el pueblo intenta sobrevivir después de la guerra en Siria.
En Jerusalén también hay miedo. Allí el cristianismo es más universal y también es íntimamente local. Los cristianos palestinos que viven en Jerusalén no lo tienen fácil. Tal vez por ello su teología bebe de Latinoamérica, África y lugares donde la experiencia de Dios se gesta en la persecución, en la desposesión, con una contundente sed de liberación. Es interesante leer sus escritos, en los que se narra la experiencia de fe enraizada en la tierra de Jesús, sus olivos, su aceite, sus gentes.
El libro de los Hechos de los Apóstoles comienza relatando un encuentro de Jesús con sus discípulos. Es un encuentro alrededor de la mesa, mientras comen, en el ámbito de la casa. Según el texto Jesús pide a sus discípulos que no se alejen de Jerusalén. Es allí donde recibirán la fuerza del Espíritu Santo para ser testigos de Jesús desde ahí y, desde ahí, como una ola expansiva, hasta los confines del mundo.
Acercarse a esta realidad en medio de tanta hostilidad, impunidad, violencia y desamparo y dejar que resuene el mandado de Jesús, “amaos”, parece una broma de mal gusto o un camino de locos. Para quienes vivimos la fe en espacios tan diferentes no deja de asombrarnos y, también, cuestionarnos nuestra fe, nuestro ser cristianos.
La fiesta de la Trinidad que celebramos este domingo nos habla de encuentro, de Comunión. Decir Trinidad es decir Dios arrodillado en Jesús, lavando los pies, es decir la Trinidad crucificada, víctima de la deshumanización. Los cristianos palestinos de Jerusalén se sienten en el sábado santo, donde la muerte ha acontecido pero no hay resurrección. Este domingo pongamos nuestro corazón junto al suyo, que sus lágrimas impregnen el cutis de nuestros corazones.

