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Reflexión del Jueves Santo

(Si deseas escuchar el audio, pincha aquí)

Estamos en plena primavera, hay brotes por todas partes, lo cual me ha llevado a pensar en las semillas de donde proceden esos brotes. Una semilla está llena de posibilidad, de oportunidad, de capacidad. En realidad, una semilla es más una pregunta que una respuesta.  

Lo que ha movido a nuestros ancestros hacia el Misterio son las preguntas. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Dónde? Dios nos habla a base de preguntas más que de doctrinas o respuestas.

Las semillas que ofrecemos esta mañana también son preguntas, como las semillas, con capacidad y posibilidad.

Las semillas aparecen todo el rato en la biblia. El maná se parecía a semilla de cilantro. También en el evangelio, y nos coloca en el contexto directo con la naturaleza, igual que el entorno en el que estamos. Jesús habla del Reino de Dios como una semilla de mostaza o de un labrador que va esparciendo semillas. La mayoría no llega a germinar, pero las que brotan, crecen y dar una proporción enorme de fruto. Jesús está comparando las palabras, su palabra, como si fuesen semillas, y está invitando a escuchar. Dice “quien tenga oídos para oír, que escuche”

CONTEMPLAR

La escucha a la que se refiere Jesús, y la biblia entera, no se limita a los oídos. Con los oídos oímos, con el cuerpo escuchamos. Escuchar es un acto más profundo, más activo, más consciente. Escuchar abarca todo el cuerpo, cada poro de la piel, la mirada, el olfato… Tiene que ver con la atención. Escuchar y contemplar van de la mano, y nos permiten comprender. Jesús dice “Prestad atención a cómo escucháis. Al que tiene se le dará, al que no tiene se le quitará incluso aquello que cree tener” (Lc. 8, 18)

En el evangelio Jesús nos habla de la semilla que es buena. «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo.>> (Mt. 13, 24) Una semilla buena que ha plantado Dios. Buena. No pensemos en un valor comercial o exterior, bueno/malo, sino que se refiere a la Bondad que nace de Dios, y que remite a Dios. La misma Bondad de la que nos habla el primer capítulo del primer libro de la biblia. Según Dios va pronunciando la vida, se queda contemplando su bondad. Esa semilla buena es la que habita dentro de cada corazón humano, y nos capacita para la Bondad. Nuestro corazón está lleno de capacidad de Bondad. En Jesús esa semilla germina, brota y abarca todo su corazón. Está íntimamente vinculada a la manera que tiene de mirar. Jesús tiene la capacidad de contemplar esa bondad innata en cada persona, en cada criatura. Una mirada que se posa en la vida que hay detrás de cada gesto. Y es la mirada con la que Jesús nos invita a contemplar el gesto del lavatorio de los pies. 

Escribe Hugo Mújica en su libro “El saber del no saberse” que para la mirada cautiva de la utilidad, las cosas no se manifiestan, no son en su libertad, son lo que de ellas capturo, no lo que ellas tienen de don. Son tan solo lo que son para mí. No son en y desde sí, son desde y hacia mí. Son su precio, no su gratuidad.

Se puede mirar con los ojos o, valga la redundancia, mirar con la mirada. (…) En la mirada desasida de sí, en la atención abierta, en lugar de percibir la realidad regidos y rigiéndola por nuestros intereses y deseos, la mirada suelta las ataduras que la ciñen a la voluntad, también a la simple razón, y se abre para dejar que le llegue el mundo, casi diría que se nazca en él. Callan las distinciones y se suspenden las apropiaciones: la percepción se expande acogida. Ver, entonces, es dejar que el cuerpo se abra, se extienda mirada atenta y desnuda. Se abra al mundo dejando que el mundo se abra en él. Y es también escuchar y palpar, hasta oler y gustar ese mundo, porque un cuerpo abierto es siempre un cuerpo entero.

Si a un niño pequeño le preguntamos ¿Dónde está Dios? Es muy posible que nos señale y mire al cielo.  Y es que tenemos metido hasta la médula, muy dentro esa manera de posar la mirada y de interpretar la realidad. Dios en lo alto, en el cielo, en lo elevado, nosotros en la tierra, abajo.  Vivimos en un “mundo arriba/ abajo”. Y esto tiene grandes consecuencias. Lo de arriba es lo bueno, lo de abajo lo malo. Cuanto más arriba, mejor, para abajo, nunca. Siempre más, nunca menos. Esto lleva a una mirada altiva, comparativa en todos los ámbitos de la vida. En el trabajo, en las familias, en las comunidades, entre los amigos. Miramos y clasificamos. Y nos sentimos mejores o peores que los demás.  Arriba/abajo.

¿Qué pasa si nuestro mundo de arriba/abajo, lo modificamos hacia un mundo interior/exterior? Sería como ir atravesando capas, que nos aíslan, y dirigirnos hacia dentro en vez de ir subiendo y alcanzando peldaños. En la biblia se nos habla de pozos. También de montañas, una verticalidad que nos puede ayudar como metáfora de lo profundo. ¿Qué encontramos en lo profundo? Tal vez un no-lugar, y un no-tiempo. Un espacio sagrado, lleno de semillas dispuestas a brotar. Esas semillas que nos dice Jesús que son el Reino de Dios, que está dentro de nosotros.

Todo esto en poesía del mismo Hugo Mújica:

Sin sombra, sin silbidos,

sobre el valle pasa el viento

 y solo las hojas y la piel del agua

lo palpan.

Habría que mirar el correr del río

hasta que nos lave los ojos del propio reflejo

hasta permear su transparencia,

hasta desnudar la mirada 

Aprovechemos esta mañana para comenzar a abrir, a permeabilizarnos por dentro. Dejar que entre algo dentro es arriesgarse a soltar lo que ya sabemos, lo que esperamos. Dejemos a un lado la utilidad, la eficacia, lo conocido. Desnudemos la mirada.

IDEM-TIDAD

Contemplemos el gesto del lavatorio de los pies. El texto está en el capítulo 13 del evangelio de Juan.

La fiesta de la Pascua es una fiesta de liberación.  No digo la fiesta de la libertad que puede llevarnos a pensar en un término que se posee, sino de la liberación, algo que se recibe.

Está inserta en la fiesta de la Pascua judía, que dura varios días y comienza con una cena ritual. Es la fiesta más importante de las fiestas judías, donde “nacen” las fiestas judías porque celebra la salida de Egipto. Aquel grupo de creyentes esclavizados en Egipto que son liberados por Dios. Podríamos decir que es la fiesta en la que se inserta la identidad del pueblo judío. A lo largo de la cena cada gesto tiene un sentido: hay unas oraciones que se recitan, unos textos que se leen y explican, una comida determinada que se toma. En la tradición cristiana estamos acostumbrados a pensar en la liturgia y colocarla en la iglesia. Pero esa liturgia se da en la casa, en la mesa de casa, en la familia. Hay un diálogo entre los niños y los adultos que forma parte de la ceremonia. A través de este diálogo se trasmite a las nuevas generaciones quiénes son como judíos. Su identidad.

Según el DRAE identidad es: Conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás. Es decir, lo importante es definir lo que me hace distinto a los demás.

Pero el DRAE aporta otra definición que dice:

Hecho de ser alguien o algo el mismo que se supone o se busca. Etimológicamente identidad viene de idem, mismo, lo mismo. Así que nos quedamos con esta definición que no nos pone en frente de lo distinto sino junto a lo mismo.

Jesús, como judío, está en esa cena con sus discípulos y con las personas cercanas, su familia, una cena “identitaria”. Y entonces hace un gesto asombroso que no pertenece al ritual:

se levanta,

se quita el manto,

ciñe una toalla,

y se pone a lavarles los pies.

Y dice a sus discípulos:

“¿Comprendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho.”

¿Querrá Jesús mostrarnos una identidad, “idem-tidad”, como sus seguidores?

 ¿Qué pretende Jesús haciendo esto?

Nos desmorona el mundo arriba/abajo del que hemos hablado. Arriba lo bueno, abajo lo malo….

Yo que soy maestro y señor…

Jesús continúa diciendo:

Os aseguro que el que sirve no es más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía.

El texto utiliza la palabra griega “doulos” Que se traduce como esclavo o siervo, y esta doble traducción en castellano es muy interesante porque para nosotros no es lo mismo ser esclavo que servir. La diferencia está en la libertad. El esclavo no tiene libertad para elegir, tiene que obedecer órdenes. Quien sirve elige servir, elige desde dentro atender al otro, a la otra. Parece que Jesús está cuestionando nuestra propia libertad.

¿A qué llamo libertad? o tal vez la pregunta es ¿a quién llamo libertad?

Pero nosotros… ¿nos sentimos esclavos? ¿Te sientes esclava? ¿De qué? ¿De quién?

El miedo, la auto-exigencia, la desesperanza, la incertidumbre, el dolor… el sinsentido, “el qué dirán”

Podríamos decir que el evangelio, todo él, es una bienaventuranza.  Es una buena noticia que nos permite comprender la felicidad, el gozo, la alegría profunda, no una sensación pasajera. ¿Qué dice Jesús después de hablar del servicio? Nos sorprende con una bienaventuranza. Su última bienaventuranza:

Si lo sabéis y lo cumplís, seréis dichosos.

Podríamos parafrasearla diciendo: “

Os aseguro que el que sirve no es más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía.

Dichosos quienes lo saben y lo cumplen”

Ese “os aseguro” en el texto original dice “Amén Amén” Dos veces Amén, que es una palabra-sello, porque verifica, como si fuese un sello, lo que se dice. Aquí hay una verdad que nos alcanza a todos.

¿Dichosos quienes?¿A qué alegría se refiere? ¿Qué es lo que nos hará dichosas según la palabra de Jesús?

IDEMTRIDAD

Habitualmente y cada día nos movemos por la identidad. Frecuentemente ponemos el peso en lo que nos diferencia, nos separa y nos hace mejores o peores, arriba-abajo. Entre hermanos, familias, “no pero la mía es diferente”, entre pueblos vecinos, pero los de Suesa se llevan mejor, entre comunidades y así un largo etcétera.

La idem-tidad, ese:”haced lo mismo” de Jesús, nos permite encontrar lo común, nos invita a mirar en “lo mismo” del otro que encuentro en mí, nos comuniona como humanidad

Pero contemplando a Jesús podemos descubrir algo más.

Cuando Jesús resucitado se encuentra con los discípulos no se pone a lavarles los pies, que podría ser un gesto que ellos reconocerían. Lo identifican porque muestra las señales de la cruz en sus manos y sus pies y por su manera de bendecir, partir y partir, entregar, el pan. La identidad del resucitado son la entrega, las heridas de la cruz. ¿Hay un vínculo entre el gesto identitario del lavatorio y los gestos con los que identificamos a Cristo resucitado?

Jesús en el evangelio no  se pone en medio como punto referente. Cuando alguien es sanada dice “tu fe te ha sanado”, no dice “dadme gracias y aplaudidme”.  Más bien agradece a Dios, a quien llama Padre. En Jesús podemos descubrir un movimiento de relación con el Padre y reconocimiento de la fe de la gente. No podemos concretar, definir, o estancar la identidad de Jesús. Por eso la pregunta que nos hacemos cada generación de creyentes y que hemos de respondernos personalmente es ¿Quién es Jesús?

Jesús vive, se reconoce a sí mismo como hijo de Dios, y así es como actúa en todo momento. Así es como le vamos a ver actuando en estos días, como hijo de Dios. Así es como nos invita a vivir, como hijas de Dios.

Donde está Jesús hay un movimiento que comuniona.

Con esa mirada desnuda contemplemos en Jesús los gestos de entrega de Dios Padre. En la carta a la comunidad de Colosas se nos dice que Jesús es la imagen del Dios invisible. Podemos contemplarlo en Jesús

Es la “idem-tri-dad de Jesús. El movimiento de la danza trinitaria que acompaña sus gestos.

Pienso que podemos entrar en el Misterio de la Pascua y llegar a reconocer al resucitado en ese movimiento de Vida que es en sí mismo, si comenzamos con el gesto del lavatorio. Si nos dejamos lavar, si nos recibimos de Dios en el pan partido, y de ahí nos quitamos los mantos que nos esclavizan, nos ceñimos las toallas que nos acercan al prójimo y lavamos sus pies.

Tenemos las llaves de nuestra libertad en la palma de la mano. Podemos escoger la comunión con el Eterno, danzar en la comunión trinitaria, que integra nuestro ser completo, o vivir dispersas, distraídas,  separadas y enfrentadas, a la intemperie de los estímulos que lleguen a nuestros sentidos.

La libertad nos permite mirar como Jesús mira, desde el amor. Y es tan real como la historia que hay detrás de un correo electrónico que una de las hermanas recibió hace unas semanas. Es de una amiga suya que vive con uno de sus hermanos. Su hermano tiene síndrome de Down. En el correo le cuenta por qué no podía venir al monasterio junto a otras amigas a pasar un día juntas.

“Como ya te han dicho, mi hermano está muy frágil y yo, totalmente volcada en él. 

Al poco tiempo de nacer, mi madre nos llamó a todos (estábamos haciendo los deberes del colegio) y nos enseñó una bombilla desnuda, fea, que habían encendido en la fachada del edificio de enfrente. Luego corrió la cortina y vimos brillar una cruz de colores. Y nos dijo que así era nuestro hermano.

Pero si lo mirábamos con el visillo del amor, se transformaría en una luz preciosa, que iluminaría nuestras vidas. Y así ha sido.

De su «independencia» dependiente ha pasado a una dependencia total y no solo física sino también emocional, especialmente de mí. Y esa dependencia emocional es recíproca. Ahora no puedo, ni quiero, separarme de él porque me necesita. Su sonrisa, en cuanto me ve, alivia el dolor que siento.

Os agradezco muchísimo todo lo que me proponéis para que yo pueda estar en la «quedada». Pero por ahora no va a poder ser por todo lo que te he explicado. Habrá un día, cuando Dios quiera, que os necesitaré mucho y muy cerca. Y sé que estaréis ahí.

Mi hermano  ha sido y es un regalo muy especial de Dios. Y quiero cuidarlo y mimarlo. Siempre me ha despertado una ternura especial y ha sacado de mí lo mejor”.

La Pascua es la celebración de la liberación. Tal vez, reconocer las manos de Jesús sobre nuestros pies, recibirnos de Él, será el motor para levantarnos (de la comodidad, de lo seguro), quitarnos el manto (desnudarnos de altivez), ceñirnos la toalla de la humildad y ponernos a servir con alegría. Sus manos sobre mis pies son las que me liberan y mueven lo profundo de mi corazón, me envían.

Terminemos con una introducción a la oración personal:

Si pensamos en el proceso que hace una semilla, podemos descubrir en ella un canto a la libertad. Toda la posibilidad de la semilla es liberada al amparo de la tierra, del agua, del calor del sol.

Estamos en tiempo de siembra. Cierra los ojos para contemplar con más nitidez. La primavera se escucha exultante. Y nosotros inmersos en ella.  ¿Percibes tus pies? Siente la vida que sube desde la tierra, como la savia a los árboles y recorre tu cuerpo. Lentamente, inundando cada célula del cuerpo. Asciende despacio, los pies, las piernas, el tronco, los brazos, la cabeza. En lo alto del cuerpo se encuentran la savia y el respirar. Percibe el aire que entra sutilmente por tu cuerpo y que permite la danza que acontece en el pecho, juntos los pulmones y el corazón. Respira profundo.

En la exhalación siente que tu cuerpo cae, suelta las tensiones y déjalo caer como si fuese una semilla en la tierra. Y quédate en ese silencio que te abriga a la espera del agua y el calor. Puede que tu interior comience a germinar y tu instinto te lleve a la luz, hacia arriba, y a lo profundo, hacia abajo.

2 abril, 2026

Tema: Jueves Santo, reflexiones Etiquetas: Pascua, Reflexiones

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