El cuarto domingo de cuaresma es el de la alegría porque la Pascua está cada vez más cerca, porque hemos de empezar los preparativos festivos de ese acontecimiento que nos hace colocar la sonrisa en lo alto del alma. Cuando tienes una meta ya cerca de la vista, las fuerzas se revitalizan y se cobran nuevos bríos. La alegría de esta jornada nos alimenta para las semanas que quedan por delante.
La cuaresma es una oportunidad para recuperar las buenas costumbres que, quizás, la inercia ha permitido que abandonemos: dedicar un poco de tiempo a la oración y el silencio, pensar algo más en los demás, revisar armarios y cajones para hacernos conscientes de la cantidad de ropa y objetos que tenemos que no sabemos que tenemos… También es la cuaresma un tiempo ideal para cepillarnos la sonrisa y las ganas de que nuestro compromiso cristiano sea más auténtico, más hondo. Por eso este cuarto domingo, el de la alegría, nos insufla ánimos si vemos que lo nuestro con Dios o lo nuestro con el prójimo (que viene a ser casi lo mismo, o sin casi) cojea un poco.
La única norma que nos da Jesús es la de amarnos. Cada una hemos de reconocer cómo es nuestro amor, dónde depositarlo y en quién, y hacerlo de tal manera tal que sea reparador para quien lo entrega, que genere vida en quien lo da, no solo en quien lo recibe. El fruto del amor es de ida y vuelta, como lo es la Palabra de Dios, que “no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is 55,11).
Lo de Dios es desmesurado, inabarcable, por eso entregar amor es recibir siempre el doble; por eso de la diminuta semilla nacen abundantes frutos que regalan docenas, centenares de nuevas semillas. Por eso el bien es posible, por eso la vida con sentido es posible, por eso la esperanza no es mortal, por eso, la primavera espera un nuevo milagro siempre.
Feliz domingo, semana, tiempo, laetare.

