Me cuenta una persona que en su empresa hay un compañero que lleva trabajando en el mismo puesto casi 60 años. Lo cierto es que resulta admirable, e increíble, que alguien pueda haber trabajado 60 años, lo primero, y en la misma empresa, lo siguiente.
La persona que cuenta esto, reconoce la valía de su compañero y su conocimiento de todos los entresijos de la empresa. Seguidamente, suspira y exclama que ojalá se jubilara de una maldita vez, que parece que en unas semanas se marcha. Comienza a relatarnos cómo esa persona ha pasado de ser un pilar en la empresa a ser un dedo en el ojo de cualquiera. “Lo sabe todo, o cree saberlo todo, porque, claro, las cosas no son como antes, no se trabaja de la misma manera, no hay los mismos criterios, no entiende bien los nuevos sistemas de facturación… Es increíble, cuando falta un día, todos nos relajamos, sabemos que no va a haber críticas, miradas de reojo ni fiscalizaciones de nuestro trabajo. Es una pena, alguien que podía haberse marchado en su momento con toda la gratitud de la empresa, con el reconocimiento de los demás trabajadores, se va a ir sin que nadie la agradezca nada más que el hecho mismo de marcharse de una vez. Qué difícil es saber irse a tiempo”.
Retomo en mi cabeza esta conversación y me digo que sí, que es muy difícil saber irse en el momento oportuno, no alargar etapas, no aferrarse a espacios ni tiempos y no considerar nada como propio.
La regla trinitaria nos dice que las hermanas de la orden hemos de vivir “sin cosa propia” y esto, que se escribió hace más de 800 años nos sirve igualmente ahora para recordarnos que desnudos nacimos y que en el otro lado no nos esperan con maletas ni bolsas de viaje. Cuanto más vacíos vayamos, más “ligeros de equipaje”, más nos llenaremos de lo que sea que Dios nos ofrezca tras la muerte.
Pero es que hay más, es que no sólo se trata de no acumular cosas sino de saber vivir libremente, sin que nada nos esclavice. Cuánto mejor le estaría yendo a la persona del ejemplo de arriba si hubiese dejado su puesto en su momento, cosechando así gratitud y admiración. Podría haber echado una mano a quien ocupara su lugar y así dejar un grato recuerdo en la memoria.
Nos pasa muchas veces, que nos apropiamos de los puestos, los trabajos, oficios e incluso servicios (apropiarse de un servicio significa que ya no es servicio). Nos apropiamos de ideas, proyectos y planes. Somos esclavos de aquello que creemos poseer, somos esclavos de un yo desviado, de un ego agazapado tras una entrega ya pervertida.
Dejar sitio a otros, otras, es fundamental para que circule la vida, como cuando hablamos de que el dinero ha de moverse para generar economía, que no siempre esté en el mismo cajón.
Qué sabios los antiguos habitantes de Israel con esa idea del jubileo, de que cada cosa volviese a su dueño original a los 50 años.
María de Nazaret es maestra en esto de soltar, de no apropiarse. Jesús, siendo un adolescente respondón, le dice a su madre que no tenía que preocuparse por él, que si no recordaba que él tenía que ocuparse de las cosas de su Padre. María se encuentra en ese momento con que debe romper definitivamente el cordón umbilical con su hijo, que no es suyo en propiedad, que es otro ser independiente, que lo que ella pensaba que era suyo y que debía encargarse de ello resulta que no es así, que va por otro camino diferente al que ella habría marcado.
No le resulta fácil a María esta lección, a su Hijo no lo entenderá en muchas ocasiones. Queda reseñado en los evangelios, por ejemplo, cuando va en su busca porque miran a Jesús como a alguien que no está en sus cabales. María avanza en ese camino de comprensión hacia su Hijo y su Maestro, hasta tal punto que, tras la muerte en la cruz, ella aparece con el resto de los discípulos, quizás esperando, quizás alentando y creyendo. Admirablemente, María no se dedicó a poner zancadillas, a solicitar que se tuviera en cuenta su opinión, no, se esforzó por entender («guardaba todas las cosas en el corazón»), por favorecer el nuevo tiempo, abrir camino a quien viene detrás; se esfuerza por soltar y dejar que la vida siga avanzando sin ella si es preciso.
No, no es nada fácil hacerse a un lado, dejar paso y, con elegancia, ofrecerse para lo que sea necesario, con humildad y mansedumbre.

