El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a las pobres, me ha enviado a anunciar la libertad a las cautivas y la vista a las ciegas, para poner en libertad a las oprimidas, para proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19).
Estamos acabando el tiempo litúrgico de Navidad. Estos días después de la Epifanía las lecturas evangélicas nos hablan de la esencia del Hijo de Dios que ha nacido: con él llega el Reino de Dios, él alimenta y pacifica, sana y libera.
En el evangelio de hoy lo encontramos en Nazaret, «donde se había criado» (Lc 4,16). En la sinagoga de su pueblo, ante sus conocidos, revela quién es tomando las palabras del profeta Isaías.
Jesús es el habitado por el Espíritu, el enviado del Padre. Él mismo es la Palabra de Dios, la Buena Noticia. Es libertad, luz y gracia. Y esto es lo que comparte con nosotros, los seres humanos. En el evangelio del domingo escuchábamos: «De su plenitud todas nosotras hemos recibido gracia tras gracia» (Jn 1,16).
Acabando el tiempo de Navidad, podemos quedarnos en silencio y volver a contemplar la gracia de este tiempo de Misterio, aquello que nos ha quedado resonando. Alegría o asombro en alguna celebración, alguna palabra de la Escritura, una imagen de una felicitación o un gesto discreto de alguien en la iglesia…
Sin entenderla del todo (esto sería imposible), la Navidad nos ha dejado un poco más de luz y de libertad. La celebración de este Misterio ha hecho más profunda nuestra relación con Dios Trinidad, que nos insiste sin cansarse que miremos hacia lo pequeño, que no temamos la vulnerabilidad, que caminemos hacia abajo.
La libertad de Dios es la libertad de entregarse. La luz de Dios es vivir en el amor (cf. 1 Jn 2,10).
Que la gracia que hemos visto y escuchado esta Navidad se haga Buena Noticia en nosotras.

