Este mes nos adentramos a la hospitalidad vivida por los monjes y monjas cristianos de los primeros siglos, desde el desierto egipcio hasta los monasterios benedictinos en Europa.1
En Egipto tomaron forma en los siglos III y IV las principales formas de vida monástica: el anacoretismo y el cenobitismo. En ambas la hospitalidad tuvo un lugar.
Si bien al principio los anacoretas buscaban una soledad casi total en el desierto, no tardaron en organizarse en colonias. Allí vivían solos, pero se visitaban, trabajaban en cooperación y celebraban juntos la liturgia. Las más conocidas fueron las de Nitria, las Celdas y Escete. Las dos primeras contaban con hospederías, donde los visitantes podían residir colaborando en el trabajo común. Las visitas que recibían los ermitaños y ermitañas podían ser de otros monjes o de seglares. Se les pedía consejo o sanación o se trataban temas espirituales. El anacoreta más conocido es San Antonio (ca. 250-356).
Por otro lado, se desarrolló el cenobitismo, la vida común. Aquí nos encontramos a San Pacomio (287-347), con el monasterio de Tebaida y otros que siguieron su Regla. Esta preveía un exquisito cuidado de los huéspedes que llegasen al monasterio: según los casos, con honor, respeto y atención.
En Oriente debemos mencionar también a San Basilio el Grande (330-379), a quien se ha reconocido como padre del monacato oriental. Sus escritos desprenden la gran importancia que daba a la vida de oración de los monjes. Por esta razón excluía los trabajos que exigían un trato excesivo con seglares. Sin embargo, los hermanos siempre estaban llamados a las obras de misericordia: ofrecer hospitalidad a pobres y peregrinos, servir a los enfermos en los hospitales, educar a los niños que vivían en los monasterios… Pero no debían olvidar cuidar el orden necesario para que la comunidad siguiera viviendo la vida monástica.
Aunque el monacato occidental existe ya el siglo IV, San Benito (480-547) es considerado su fundador. Su Regla concede una gran importancia a la acogida de los huéspedes. Para él, es Cristo quien llama a las puertas del monasterio en cada huésped. Este necesita cobijo en un lugar que es tanto físico como espiritual: es preciso que sea alimentado y descanse, así como ayudarle a ser consciente de su dignidad y a orar con él.
Hemos visto como desde sus inicios el monacato ha dado un lugar importante a la acogida, sea de otros monjes y monjas, de sacerdotes o bien de seglares. Esta hospitalidad ha buscado cuidar material y espiritualmente a personas necesitadas, manteniendo la armonía de la comunidad y la esencia de la vida monástica.
- Resumimos algunas observaciones de la obra de García M. Colombás, El monacato primitivo (Madrid: BAC, 1998) y del comentario a la Regla de San Benito del mismo autor, junto con Iñaki Aranguren (Madrid: BAC, 1993). ↩︎

