Acercándonos a la fiesta de Pentecostés, reviso algunas de las grietas por las que al mundo se le está escapando la misericordia. Sólo miro algunas, hay tantas… Si sigo mirando los cimientos, cada vez encuentro más. Dan ganas de cerrar los ojos, o de mirar hacia otro lado.
Son tantas las miradas de angustia, de desesperación, de hambre y de miedo que nos llegan a la retina que ésta empieza a estar saturada y los ojos solo saben desaguar gotas saladas, de las que escuecen sobre las heridas.
La guerra tiene la capacidad de sacar lo más miserable del ser humano.
La guerra, también, tiene el privilegio de extraer lo más bello del ser humano. Por eso, a través de esas grietas de desesperanza también se cuela la bondad, la generosidad y la compasión de muchas personas. Ahí también hay gotas de agua salada, que cicatrizan, lo sé.
A las puertas de la fiesta del Pentecostés, la fiesta en la que las cristianas y cristianos nos abrimos al don del Espíritu, pienso que ojalá lloviera la paz sobre nuestro planeta, como a veces llueve agua del cielo sobre los campos.
Pero, no, no siempre llueve, o no siempre llueve “bien”, que dicen quienes conocen el arte de velar la tierra, de ararla, hacerla fértil y cuidarla para que dé fruto. Muchas veces llueve con brutalidad, como si fuera un grito profundo nacido de la hartura. Otras veces no llueve, y el silencio y la ausencia nos cuentan que la boca reseca de la tierra no puede siquiera hablar.
Cuánto deseamos la paz, cuánto se la pedimos a Dios.
Me pregunto si Dios también me la pide a mí. Me pregunto si cada vez que siento ira en mi interior por tantas políticas inhumanas, tantas indecisiones de los gobiernos para paliar situaciones o frenarlas al menos, me pregunto si Dios me mira y me anima a ser yo el origen de la paz.
Cuando cierro los ojos porque me hace daño ver a los niños de Gaza correr con sus cazuelas y sus recipientes de plástico buscando alimento. Cuando me arden las entrañas porque el cacique de turno suelta una sandez tras otra mientras hay tantos problemas que solucionar. Cuando escucho el nombre de otra mujer, otra más, asesinada por la cobardía y la imbecilidad de algún varón. Cuando me sucede todo eso y me creo, en el fondo, mejor que quienes dirigen los asuntos de estado, o que quienes dictan las leyes o ponen en marcha protocolos de ayuda, de emergencia o de lo que sea, entonces debo revisarme con humildad y ver si mis “políticas cotidianas” generan paz o si de vez en cuando añado palitos a los pequeños incendios de mi día a día.
Quien es fiel en lo poco, es fiel en lo mucho, leemos en el evangelio de Lucas.
Seguimos rezando por la paz y que el Espíritu de Dios nos haga narradoras de paz, más flexibles con quienes vivimos, más comprensivas con quienes nos cansan, más bondadosas con quienes nos cargan, más de Dios, sólo eso, más de Dios.

