«SERÉIS DICHOSAS»
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Os ofrecemos unas pistas para la reflexión y para la oración en este Jueves Santo, comenzando el triduo pascual.
Creo que está claro que estos días giran alrededor de Dios. Cuando digo “Dios” no me estoy refiriendo a una idea, a un concepto o a una cosa. Me estoy refiriendo a Alguien. Más concretamente Alguien con quien me relaciono.
Sabemos que desde los orígenes de la humanidad, el ser humano ha percibido, ha experimentado, una realidad más allá de lo visible o tangible. Una realidad más amplia, que trasciende los límites humano. Ha intuido la presencia de un ser o unos seres divinos más allá de los límites humanos. Y se ha relacionado con ellos, Él/Ella, mediante ritos ancestrales.
El camino de la biblia nos descubre a Dios como único. Nuestros antepasados en la fe nos cuentan que sólo hay un Dios. No es que haya muchos dioses y de todos ellos, los cristianos creemos en el mejor. No. La revelación, la certeza que nos trasmiten, es que sólo hay un Dios, y no hay nada más. No hay “no-Dios”. Como no hay “no-hijo/a”. Todas las personas somos hijas de alguien.
No hay nada fuera de Dios, Dios siempre está. Dios lo sostiene todo, lo abraza, todo. Este gran descubrimiento transforma la percepción de todo lo que es.
“La vida es el inmenso laboratorio para la atención, la sensibilidad y el asombro que nos permite reconocer en cada momento, por precario y escaso que sea, la reverberación de una presencia fantástica: los pasos del mismo Dios.” nos dice un autor
El desafío entraña lanzarse a los brazos de la realidad y escuchar el latido del corazón de Dios. Sin fugas. Sin idealizaciones. Los brazos de la realidad como ella es. Besar y dejarnos besar por ella.
La capacidad de invocar el nombre de Dios tiene una cualidad de absoluta intimidad y cercanía.
“En mis razonamientos sobre la insolubilidad del problema de Dios no había previsto la posibilidad de un contacto real, de persona a persona, aquí abajo, entre un ser humano y Dios.” (S Weil)
Estamos hablando de RELACIONES. De nuestra capacidad de relacionarnos. Tenemos dos caminos para relacionarnos, dos marcos bien distintos.
Están las relaciones Yo-Ello; aquí nos referimos a los otros como “cosas”, como objetos. Algo que puedo manipular. Si me gusta intento agarrarlo, si no me gusta lo deshecho. Buscan un fin práctico, un beneficio propio.
Pero también pueden darse al revés: alguien busca un beneficio a nuestra costa. Para muchas personas somos un producto, un cliente, un consumidor. Es llamativo como en algunos ámbitos un alumno ha pasado a ser un cliente, un paciente ha pasado a ser un cliente, un huésped ha pasado a ser un cliente….
Las relaciones Yo-Ello son distantes y parciales. No son plenas, confiadas. No están sostenidas en la incondicionalidad.
El miedo subyace sutilmente. Miedo a que se enfade, a lo que pueda decir de mi, miedo a que se vaya, a que me deje…
En las relaciones Yo-Tú, hay cercanía. No hay un sujeto y un objeto. Más bien dos sujetos, con capacidad para pensar, sentir, expresar, de manera única. Somos un misterio. No hay manipulación soterrada. Hay compromiso porque hay escucha atenta y abierta al encuentro. Abierta a dejarme afectar por la otra persona, que, como no es una cosa inerte y manipulable, en su vida comprendo la mía. Contemplando el misterio del Tú, me encuentro con el misterio del Yo. Hay amor sin condiciones sobre tu manera de actuar, tu manera de pensar, tu manera de hablar. “Tú y yo” crea comunión.
En las relaciones Yo-Tú expresamos la totalidad de nuestro ser; en las relaciones “yo y tú” somos auténticas. Hay intimidad, complicidad, comunicación… Comunión.
¿Cómo me relaciono con Dios?
Esto es importante a la hora de encontrarme con Dios, que es Alguien, Tú, no una cosa, Ello. La biblia nos cuenta la íntima experiencia humana en relación a Dios. Nos cuenta que Dios es quien mira. Quien escucha el llanto, el dolor, la angustia. A quien se le remueven las entrañas, conoce, le duele su angustia y por eso se abaja, se acerca, actúa para liberar a quien está esclavizado.
«He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces, pues ya conozco sus angustias. He bajado para librarle de la mano de los egipcios (Ex 3,7-9).
Cuando la biblia dice “he visto”, no se refiere a un simple ver, lo que nos pasa si abrimos los párpados y nuestros ojos funcionan bien. Así, vemos. El verbo que utiliza la biblia, el verbo hebreo, se refiere más bien a un mirar hondo, atender, contemplar, descubrir, entender… Dios posa su mirada en el núcleo sano de toda persona, es decir, nos contempla.
Los sentidos nos ponen en contacto con la realidad. Ver, escuchar, oler, tocar, saborear… Es la manera que tiene la biblia, que tienen nuestros antepasados, para contarnos que Dios es real, no una idea.
La primera carta de Juan comienza diciendo que “…lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos, es lo que os anunciamos”
La Pascua cristiana va de Dios y de cuerpo, de mirar, escuchar, oler, saborear, tocar.
Nuestro cuerpo, mi cuerpo. Seguramente un gran porcentaje de nosotros no estamos bien con nuestro cuerpo, hay un cierto malestar. Algo que cambiaría, que no me gusta, que me acompleja.
Tal vez incluso descubramos una cierta desconexión de nuestro cuerpo, con mi mente, mi sensibilidad, mi corazón. Cuando esto nos pasa, cuando no está integrada nuestra existencia, no están armonizados el cuerpo, la mente y el corazón, actuamos más como máquinas, como un objeto que como un sujeto.
Sin embrago cuando va integrándose todo nuestro ser, nuestra existencia, se vive de manera diferente. De manera natural, como ha sucedido a tantas personas en la Historia de la humanidad, la existencia se abre a lo sagrado. Es el camino monástico. Un itinerario que nos va llevando a estar en el mundo de manera sagrada. Caminar de manera sagrada, escuchar de manera sagrada, contemplar….
Nuestro cuerpo es la pedagogía del presente.
Atender al cuerpo no es prestarle culto como si fuese una cosa, algo que se tiene. No tenemos un cuerpo, más bien somos cuerpo. Se trata sencillamente de reconocerlo en todo su inmenso valor. Contemplemos el cuerpo como epifanía, manifestación, de la persona.
Y si decimos que el cuerpo es presencia, también es lenguaje. Es expresión, es comunicación
Hay un teólogo portugués, Tolentino, que dice que nuestro cuerpo es la lengua materna de Dios. Hace una crítica a una espiritualidad separada de lo sensorial. Dice que lo espiritual se piensa como algo complejo, precioso y profundo. Sin embargo lo sensorial se tiende a considerar como epidérmico y siempre un poco frívolo.
Pero los relatos evangélicos, y en la biblia en general, toman un claro realismo narrativo, donde la gente llora, grita, se cae, mira, habla, escucha, duerme, camina….
Todo esto, todo lo sensorial, nuestros cinco sentidos, nos remite al cuerpo.
Hay dos tipos de lenguaje:
No verbal: es la palabra no dicha que pronuncio con mi gesto, actitud, conducta, mirada, sonrisa, interrogación, tristeza, apertura, lejanía o cercanía.
Verbal: palabra símbolo que nombra lo que no ha dicho mi cuerpo pero está en él.
Palabra que te permite saber de toda la densidad de mi experiencia y sentido.
Y lenguaje es la liturgia, todo el orden de celebraciones con las que los creyentes expresamos nuestra fe. Esas celebraciones que en este Triduo pascual toman especial protagonismo. Así que es fácil deducir que la liturgia es cuerpo, es un lenguaje del cuerpo.
Estos días vamos a hablar con nuestros cuerpos. En estos días vamos a realizar muchos gestos no verbales. Nos vamos a poner pie cada vez que el sacerdote se dirija a Dios como voz de toda la asamblea, un gesto que expresa presencia, un “aquí estoy”, “aquí estamos”. Nos sentaremos en un gesto de escucha, de acogida receptiva de la Palabra. Cruzaremos nuestro cuerpo de arriba abajo y de un lado al otro, un gesto que nos identifica, nos desvela.
Podemos hacerlo con transparencia, veracidad, sin disimular, con consistencia.
¿Cuál es mi lenguaje ante Dios? ¿Cuál es el lenguaje que Dios usa para mí?
He hablado de Dios y de cuerpo.
Hay una persona en la que estas dos realidades se expresan de manera admirable. Jesús de Nazaret. Es una persona real, con su cuerpo real. Una persona de carne y hueso según lo que nos han trasmitido quienes vieron, escucharon, tocaron ese cuerpo. Jesús, habla de Dios con una intimidad que sobrecoge. Él hace lo que ve hacer a su Padre, a Dios. Merece la pena que abramos bien los ojos y contemplemos su cuerpo, es decir, su persona, lo que nos van contando los relatos del evangelio. Nos dicen que Jesús mira, toca, le tocan, habla, escucha, llora, tiene hambre, se enfada, suda… Todo muy corporal y real.
En estos días resuena
un cuerpo alabado al entrar en Jerusalén,
un cuerpo inclinado, lavando los pies a sus amigos
un cuerpo maltratado por los soldados romanos
un cuerpo entregado por sus oponentes
un cuerpo mostrado por Pilato
un cuerpo angustiado en la oración del huerto
un cuerpo suplicante en la última cena, “haced esto en memoria mía”
un cuerpo besado por su discípulo
un cuerpo abandonado por sus amigos, sus seguidores
un cuerpo desnudo en una cruz
un cuerpo muerto.
Lo que motiva este cuerpo, sus palabras, sus silencios, sus gestos es el amor. Un amor encarnado. Un lenguaje que es la expresión del mismo Dios. Lo que vemos es a Dios alabado, Dios inclinado, Dios maltratado, Dios entregado, Dios mostrado, Dios angustiado, Dios suplicante, Dios besado, Dios abandonado…
Evidentemente esto que digo no es algo que hay que creer, no es una idea venida de fuera. Los cristianos no seguimos un libro, unas normas, seguimos a una persona. Es una dimensión más honda. Es un descubrimiento. Una relación.
Ojalá que estos días nos ayuden a descubrir, o a redescubrir, a este Alguien, a Dios, a Jesús, que te mira, te escucha, te conoce.
Encontrarnos con este amor desbordante y desbordado puede que nos lleve a arrodillarnos. Un gesto corporal que expresa a toda nuestra persona, un arrodillar el alma.
Es lo que le ha pasado a mucha gente a lo largo de la Historia. Una de ellas, Etty Hillesum nos deja este testimonio en su diario:
«A veces siento que atraviesa todo mi cuerpo un movimiento natural de querer arrodillarme, no, es algo distinto: es como si el gesto de arrodillarse estuviera modelado todo mi cuerpo, a veces lo noto por todo mi cuerpo. En ocasiones, en momentos de enorme gratitud, siento la irresistible necesidad de arrodillarme, inclinar la cabeza, poner las manos delante de la cara. Se ha convertido en un gesto que está dentro de mi cuerpo y a veces ese gesto quiere hacerse realidad. Y recuerdo: “La chica que no sabía arrodillarse” y la áspera alfombra de coco del cuarto de baño. Y al escribir estas cosas me invade una sensación de vergüenza como si estuviera escribiendo sobre lo más íntimo de lo más íntimo. Siento mucha más timidez y pudor que si estuviera escribiendo sobre mi vida amorosa. ¿Acaso hay algo más íntimo que la relación del ser humano con Dios?» (Diario, 3-IV-1942).
En la celebración de esta tarde escucharemos el evangelio de Juan, en el capítulo 13 que os invito a leer y meditar.
Comienza hablando de un amor hasta el extremo, desbordante. Vemos a Jesús en una cena, una cena festiva, con su gente más cercana. Y nos relata un gesto con todo detalle. Se levanta, se quita el manto, coge una toalla, se la ciñe… Una imagen que quiere que quede grabada en la memoria de sus seguidores. “Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho”
Un gesto que empieza por dejarse lavar los pies. Es más le dice a Pedro: Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. El gesto no es lavar al otro, sino dejarse lavar por Jesús, contemplar a Jesús arrodillado ante ti, para arrodillarte ante los otros.
Es un gesto que nos crea un gran escándalo. Porque tenemos en la cabeza jerarquías de arriba y abajo. Nuestra Mirada está hacia arriba, hacia más.
Pero Jesús dice a quien quiera seguirle: Si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies
Y este escándalo es una bienaventuranza. Como el texto el evangelio de Mateo 5 que dice dichosos los pobres, dichosos… Jesús habla a sus discípulos de felicidad, de plenitud. “Si cumplís esto seréis dichosos.”
El lavatorio no es una ley, una norma externa que tenemos que seguir para cumplir algo. Es un camino de felicidad, de plenitud. Serás feliz si entiendes el amor de esta manera.

