¡Feliz Navidad!
Es el grito silencioso de este amanecer.
Cuando la noche ya hace un rato que medió su carrera, cuando la Palabra, poderosa, ya se ha abalanzado sobre la tierra, cubriéndola de una esperanza nueva, el cosmos, reunido, grita en silencio un absoluto “¡feliz Navidad!”.
Es silencioso este amanecer del 25, temblorosamente silencioso, temblor de emoción, de reconocimiento.
La casa, el hogar-monasterio, aún está bajo el manto del sueño pero hay pequeñas pistas que indican que pronto volverá a la vida. La cafetera, con su ronquido, gotea ese líquido que intentará conectar a las hermanas más dormilonas con la realidad. Cada gota es un “feliz Navidad, feliz Navidad”.
Hay cierto desorden en la casa, siempre lo hay tras una celebración como la de anoche: restos de chocolate, fotocopias de cantos, instrumentos musicales de muy diversas formas y tamaños… Todo proclama, convencido, “feliz Navidad, feliz Navidad”
Domingo y Jueves están cerca de la puerta de casa. Siempre son silenciosos, bueno, siempre no, salvo cuando se pelean entre ellos y sus maullidos son gritos y carreras. Hoy han hecho tregua en su batalla, es Navidad. Ojalá hubiera otras treguas en el mundo, en los corazones. «Feliz Navidad, feliz Navidad…».
Abro el gallinero y sólo tres gallinas salen del letargo, ni un gallo se asoma (estuvieron anoche en misa todos, no hubo manera de decidir quién sería el protagonista y, sinodalmente, fueron los seis). También ellos, bajito, cacarean “feliz Navidad, feliz Navidad”.
La luna es una pequeña uña que tapo con el dedo. Ha acampado frente a nosotras y el frío que se me cuela por los agujeros de la vieja chaqueta también es silencioso y recurrente en su comentario: “feliz Navidad, feliz Navidad”.
Poco a poco vamos amaneciendo todas. En unos minutos nos encontraremos en el coro para cantar laudes. Todas las horas del día serán una única expresión, un “hoy” largo que hablará de esa gran noticia de la Navidad.
Hoy podemos estrenar calcetines con dibujos de gatos, desayunos familiares, abrazos y encuentros, buenos deseos y el don de la esperanza porque “un niño nos ha nacido”, un Dios bebé que nos cambia la mirada, que alivia cualquier tensión o dolor y que nos exige una respuesta adulta frente a la vida.
Los minutos corren, el día será un trocito de polvorón en la boca, una fiesta.
Ahora somos nosotras quienes te gritamos “¡feliz Navidad, feliz Navidad!”.

