LA HOJA, LA ANCIANA Y EL SILENCIO
Una hoja otoñal y una anciana sabia se encontraron en el silencio y compartían sus experiencias:
—Yo, cuando era joven, miraba a mi alrededor y me inquietaba rumiando si yo era igual o diferente que las demás. Hasta que una con más experiencia me dijo que dejase de atormentarme con eso, porque yo no era ni igual ni diferente, sino única.
—Pues yo, cuando empecé a crecer, estaba arrugada y replegada sobre mí misma. Aquello sí que eran arrugas… Me doblaba para que nadie me viese, y ni siquiera yo sabía lo que había por tantos recovecos. No me daba el sol y pensaba que toda yo era un enigma indescifrable… Hasta que me atreví a desencogerme y al fin fui yo entera, como un misterio abierto a quien quisiera contemplarme. Ahora me he vuelto a arrugar, pero esos surcos ya no son para esconder nada: son el relieve que hace posible la música.
—Sí: a mí, cuando era tierna y brillante, me parecía que tenía muchas cosas a enseñar, procuraba que nada me tapase ni me ensuciase. Me costaba reconocer que no vivía en el silencio, sino en la mudez; que solo el viento podía hacerme cantar con las otras. Pero ahora, seca y tocando la tierra, es cuando tengo una palabra: sueno cuando pasean por mí.
—¡Y tanto! Yo buscaba que todo el mundo me tuviera en cuenta: me buscasen, me llamasen, me esperasen, me extrañasen. Hasta que ahora, aquí abajo, me hace feliz darme a quien quiere contar conmigo.
La pisada consciente de la anciana se posó sobre la hoja, que reveló la palabra que había gestado durante toda su existencia. La mujer la escuchó, la comprendió, y dio gracias a Dios por la vida y por las muertes.

