Estos atardeceres calmados de otoño llenan el corazón de gratitud.
Va acabando el día y arde el cielo, una hoguera contraria a la del amanecer.
Dos fuegos jalonan estas últimas jornadas. Es cíclica la vida, es cíclica la existencia.
Declina el día y, conscientes de que en unos minutos sonará la campana que anuncia la oración de la tarde, vamos dejando los trabajos y quehaceres. Se cierran los libros y los ordenadores. Las gallinas también se recogen y es preciso cerrar la puerta, nunca se sabe cuándo hay una comadreja cerca. Desde la cara sur del monasterio, se ve el juego de luces. Se apagan las de la biblioteca, las de los despachos, se encienden las habitaciones, el pasillo del antecoro… Algo va a suceder, algo que es diario, que se repite cada tarde pero que no por eso deja de ser novedad.
Hay muchos cambios antes de la oración de la tarde, desde la ropa hasta los libros. Se afinan guitarras, se eligen textos, el reloj corre y es bueno estar unos minutos antes den el coro, para que el alma se prepare, la mente y el corazón se sitúen en otro espacio, otro momento.
¿Es menos sagrado el trabajo de la tarde que la oración? No, claro que no. No es la actividad per se la que define la sacralidad, es más bien la intencionalidad, dónde está situado el corazón. La vida monástica es un ejercicio constante de dejarse encontrar, de reconocerse como alguien buscado por Dios, como la moneda perdida, o la oveja. No hay esfuerzo, no hay conquista, es dejarse conquistar.
La vida monástica es camino hacia el kosmos, el orden orientado a Dios. La persona centrada en Dios consigue que toda la jornada sea sagrada, que todo lo que suceda en el día esté encauzado hacia ese misterio que es llegar a exclamar “¡presentes!”, como las estrellas del profeta Baruc (Ba.3, 34), que brillan contentas para su creador. Barrer el claustro, preparar una charla para un grupo, cavar en la huerta, publicar en las redes, pelar ajos, abrir la portería, celebrar la eucaristía, charlar juntas por la noche, acoger a los huéspedes… si se hace con el corazón puesto en Dios, es sagrado.
Ya no hay fuego en el cielo, la noche lo ha apagado. Ahora la llama está prendida en cada hermana. Cuando una flojea, las otras la rescatan con las suyas. Que no se apague la llama.
Hay luces en las casas de alrededor. Algunas se reflejan en la ría. Las estrellas se asoman poco a poco, acicaladas y seductoras, saben que son miradas, que llevan siglos siendo miradas, ninguna artista ha logrado que su obra siga en cartel tanto tiempo como Dios creador.
Cierro el cuaderno.
Suena la campana.
Empieza el encuentro de la tarde.
Misterio y gratitud.

