Pero él se refería al templo de su cuerpo (Jn 2, 13-25).
Hoy la Iglesia católica celebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán, la catedral de Roma y sede episcopal del Papa. Esta basílica se dedicó el año 324, poco después de que cesaran las persecuciones contra los cristianos en el Imperio romano, pero antes de que se convirtiera en la religión oficial.
El evangelio propuesto para esta fiesta nos recuerda cómo se situó Jesús ante la institución del Templo de Jerusalén. Así también nos pone frente a nuestras instituciones católicas y nos interroga sobre la espiritualidad que favorecen o dificultan.
El Templo de Jerusalén era un templo de piedra, de tradición. Se consideraba que allí habitaba la presencia de Dios.
Sin embargo, Jesús inaugura una época nueva, no la de la ley, sino la de la experiencia, del Encuentro. Para eso, él también tuvo que expulsar fuera de sí muchos “animales”: todos aquellos que no le permitían vivir en la coherencia y le sometían a la ira, el miedo, el no entender…
Hoy Jesús nos habla de no vaciar de contenido lo esencial. Las piedras son piedras, pero su cuerpo es templo del Espíritu. Un templo que no admite cambistas, ni trueques, ni animales. Es espacio vacío, desalojado de todo aquello que no le permite vivir en ese silencio y soledad que hacen que el Espíritu haga en Él su morada. Cuerpo que nadie puede destruir. Cuerpo que vive la fluidez que da la libertad de pensar, sentir y obrar en coherencia, en esa autenticidad de acoger la voluntad de Dios.
Jesús es el ser humano libre, que crece en la medida que experimenta el amor por su Padre y por las personas, por eso su ser se dilata y dinamiza a medida que se expone al amor del Espíritu.
Las piedras son duras, rígidas, solo son receptáculos. Si pierden el espíritu, son edificios muertos, son obras de arte que nos recuerdan otros tiempos. Por eso Jesús inaugura un templo nuevo, SU CUERPO, un cuerpo que se llena de vida, a medida que se vacía de sí mismo para llenarse del Amor de Dios.
Oración
Padre, ayúdanos a poner a punto nuestro cuerpo para que sea templo, como lo fue el de Jesús, dinamizado por tu Espíritu.

