En el diálogo con dos jóvenes que están viviendo durante un mes una experiencia de voluntariado en el monasterio, una de ellas pregunta cómo es posible que sostengamos esta historia durante meses y años, cómo es posible llevar adelante nuestra vida tras tanto tiempo. Ella reconoce su fascinación por lo que está viviendo estas semanas pero también reconoce eso mismo “que durante unas semanas está fenomenal pero… durante tantos meses, tantos años, ¿cómo?”.
¿Cómo? Con esfuerzo, desde luego, con bastante esfuerzo pero, sobre todo, con mucho amor. Esto es una historia de amor. Mira tú qué simpleza. El amor. Lo más cotidiano del mundo. Lo más desconocido, deseado y aterrador. A veces amar da miedo, por lo que pueda pasar.
Es probable que sólo haya dos sentimientos capaces de sostener una opción de vida radical. Uno es el amor, el otro es el odio. Dudo de si el miedo también es capaz de hacer que vivas una vida sin moverte del sitio, anclada en la mediocridad, quizás sí, lamentablemente.
Lo que sí tengo claro es que el amor puede llevar adelante opciones increíbles. Como ésta nuestra, tan ajena a la sociedad, tan poco entendida, tan denostada fuera de la Iglesia y también dentro en muchas ocasiones.
Se puede vivir odiando de tal manera que todo gire en torno a aquello que alienta ese odio. Es autodestructivo, desde luego, pero es real. Quien vive así, vive en gris, acaba caminando entre la desesperanza y la amargura. Se puede disfrazar de mil otros sentimientos, por desgracia, no se caracteriza nuestro tiempo por la transparencia y la naturalidad. Todo es sofisticado, «plasticoso», e imitación de algo. Todo esconde algo que no desea ser visto, porque la vulnerabilidad no está de moda, porque ser vulnerable es ser débil.
Vivir desde el amor te permite escalar cimas que ni soñabas con alcanzar.
A esta joven le contestamos que es el amor el que nos reúne en esta casa y nos ayuda a hacer realidad aquello que palpita en nuestro interior. Porque Dios ha querido habitar en este monasterio, y en cada hermana, y en cada huésped que viene a nuestra casa, cada persona que se sienta en el coro y reza. Dios es el deseo, el deseante y el deseado.
Si usamos la cabeza para entenderlo, es imposible hallar respuesta, pero si bajamos al corazón, entonces podemos atisbar algo, tímidamente, entre los visillos de la duda y de la inexperiencia.
A partir del amor aparece el resto de compañeros de viaje: ternura, comprensión, espera, escucha, respeto, privacidad…
Por supuesto, en el viaje van otros, ¿eh? No vayas a pensar que es así de “rosa” el asunto, qué va. Por suerte también está la envidia, la cerrazón, la soberbia, la incomprensión… Todos juntos hacen el viaje más interesante. Si no, menuda peñazo., demasiado edulcorado. Además, para avanzar, es imprescindible el conflicto.
“Sólo desde el amor, la libertad germina”, dice un himno de la liturgia de las horas. Impecable.
Acabamos con unas palabras de Herman Hesse:
Cuando estamos tristes y apenas podemos soportar la vida, un árbol fuerte puede hablarnos así:
¡Estate quieta, estate quieta! ¡Contémplame!
La vida no es fácil, la vida no es difícil. Estos son pensamientos infantiles.
Deja que Dios hable dentro de ti y enseguida enmudecerán.

