Hoy es un buen día para compartir esta historia.
Llegaron de manera inesperada, y nunca mejor dicho, nadie les esperaba. Por detrás dejaban a sus familias y un montón de deudas que les reclamaban todos sus esfuerzos. Pero “hacer las españas” no resultó como antaño cuando desde aquí íbamos a “hacer las américas”. Al llegar se encontraron con los precios del alojamiento prohibitivo, la imposibilidad para trabajar, y el muro administrativo que no les concedía tregua. No papeles, no alojamiento, no trabajo.
Con esta desagradable sorpresa se la jugaron cogiendo un autobús hacia algún lugar de provincia donde las cosas fuesen más sencillas. Pero nada mejoró, era febrero y alguien les encontró deambulando por las calles sin un lugar donde ir. Eran cuatro, dos adultos, los padres, y dos niños, los hijos. Una familia que quería estar unida, no separarse, aunque hubiese sido más fácil. Tienen nombre, se llaman Renzo, el padre, Helen, la madre, Thiago, el hijo mayor, y Massiel, la pequeña.
Ellos pensaban
Tras una cadena de semanas desesperantes, llamando a puertas cerradas por dentro con cerrojo, acabaron pidiendo la deportación voluntaria. Habían aprendido que eran nadie, y como tal, blanco de los abusos de los más espabilados. Renzo, el padre, trabajó doce horas por veinte euros. Ellos pensaban que era llegar y comenzar a ganar dinero. Pensaban que aquí en España se ganaba mucho dinero, tanto como para pagar las deudas que habían adquirido para el viaje y construirse una vida mejor con un trabajo digno. Mejor que ¿qué? Mejor que la vida en su pequeño pueblo perdido, pobre y olvidado donde la posibilidad de que sus hijos estudien en la universidad es tan remota como la distancia que recorrieron para llegar aquí.
Un gorro de lana a pesar del calor.
Esperando la deportación llegaron a esta casa. En el mes que estuvieron en el monasterio pudimos escuchar su historia de primera mano. Pudimos ver a Thiago ocultando tenazmente su pelo con un gorro de lana a pesar del calor. ¿Por qué? Porque el estrés le había provocado una alopecia frontal bastante llamativa, se quedaba calvo. Solo soñaba con unas zapatillas de tacos para jugar al fútbol cuando regresase a su pueblo. Allí estaba desando llegar. El lugar donde es alguien, donde de nuevo está creciendo su pelo y disfrutando de su infancia.
Ya no son ajenos, ahora son nuestros amigos ¡y cómo cambia la cosa!
Cantamos en los salmos que éstos son los preferidos de Dios, los humildes, los pobres, los nadie. Y tienen rostro, historia y vida que contar, como la de Thiago y su familia.

