Hay colegios en los que se enseña en clase de educación física a hacer malabarismos. Se utilizan las míticas pelotas hechas a mano con un globo relleno de arroz, y forrado con una tela. Tal vez resulte extraño, incluso poco útil, y, sin embargo, es una habilidad que puede ayudar mucho en la vida. El aprendizaje consiste en manejar las pelotas a un ritmo adecuado, controlando su peso, la fuerza con la que lanzarlas, y la dirección óptima para que se puedan recoger con la otra mano.
Cuando ya dejamos el colegio y nos sumergimos en la vida adulta, podemos trasladar lo aprendido a las palabras que pronunciamos. Podemos imaginarlas como pelotas salidas por nuestra boca. Antes de lanzarlas conviene calcular su peso, la dirección adecuada y el impulso con que salen. Además, también en este caso, conviene que sean artesanales, es decir, salidas de nuestras entrañas. Sí, de nuestras entrañas, porque si no salen de ahí pueden ser más bien pedruscos caóticos, sin orden ni concierto, salidos de quién sabe dónde.
Así como el malabarismo favorece la coordinación, la atención, o la ubicación espacial, las conversaciones nacidas desde ahí pueden ser fuente de todo esto.
Si aprendemos a utilizar las palabras como malabares, podemos generar bien en las otras personas y en nosotras mismas.
Podemos evitar los pedruscos que suponen las habladurías, los chismorreos, los discursos huecos.
En estas semanas hemos tenido algunas oportunidades para darnos cuenta de todo esto de manera más precisa. Hay personas cercanas a la comunidad que están asumiendo enfermedades que les están cambiando el ritmo diario y la visión de futuro. Cuando la enfermedad es potencialmente grave, la sensibilidad a las palabras crece. La palabrería se percibe más dolorosa, el morbo más hiriente, porque la persona se siente más vulnerable. Sin embargo, las palabras malabares, las que tienen su peso adecuado, su trayectoria ajustada y su ritmo conveniente son como un dulce bálsamo que calma el ardor de la herida. Merece la pena aprender a hacer malabarismo.

