UNA PALABRA Y UN ALIENTO
Comenzamos el día de viernes santo.
Ayer vivimos con Jesús y la comunidad cristiana un día muy intenso, un día de enseñanzas muy importantes que, se supone, habrán impregnado de alguna manera nuestro ser.
El misterio de la Pascua, como el misterio de toda la vida de Jesús, está íntimamente vinculado al misterio de la entrega.
Yo quiero fijarme en el evangelio de Juan, y más concretamente en el capítulo 19, versículo 30, un trocito de este versículo:
—Todo se ha cumplido. Dobló la cabeza y entregó el espíritu.
Una palabra
Juan nos dice en su evangelio, en el capítulo 19, versículo 30, que Jesús, ya en la cruz, exclamó “Tetélestai”. Al margen de que lo dijera en ese idioma o en otro, al margen, incluso, de que lo pronunciara o no, la comunidad cristiana ha recogido esa expresión.
Es una palabra griega que se traduce por: “Consumado es”, o “todo se ha cumplido”.
Tiene varios significados:
1. Esta palabra era usada por un sirviente cuando le comunicaba a su amo que ya había acabado la tarea.
Tetélestai.
2. También era un término común en la vida comercial griega.
Significaba que una transacción se había realizado bien al quedar la deuda pagada totalmente.
Tetélestai, “la deuda ha sido cancelada”.
3. Tetélestai, se usaba para encontrar el cordero perfecto para el sacrificio.
La comunidad cristiana pone en boca de Jesús esa palabra, Tetélestai, porque ve en ese término la vida completada de Cristo.
Jesús había ido expresando a lo largo de su vida cómo era fiel al camino sugerido por el Padre. Desde su libertad, fue optando por ese impulso que le nacía de las entrañas y que lo empujaba a darse cada vez más.
Al final de la vida, en el último momento, su abandono es absoluto, ese “todo está cumplido” expresa su entrega absoluta a su Padre.
“He hecho todo lo que tenía que hacer. La entrega ha sido definitiva, hasta el final.
Tetélestai.
A partir de aquí mi voluntad es absolutamente tuya. Muero en la confianza definitiva. Todo lo que hemos ido viviendo está terminado. Todo te lo entrego.
Todo está cumplido”.
Jesús, que había pasado su vida haciendo el bien, siendo un hombre bueno, creando belleza, en ese último instante deja de ser sujeto activo y se hace sujeto pasivo. Se deja mecer en la confianza del Padre.
Es como si dijera: hasta aquí llego, a partir de aquí, lo que tú digas, sea.
Esa simple palabra, ese “todo se ha cumplido” hace de Jesús el hombre libre por excelencia.
Si miramos nuestra vida, es fácil encontrar el paralelismo cuando, al realizar un trabajo que nos es costoso, en el que ponemos todo nuestro empeño, nuestro esfuerzo, tiempo, capacidad… todo, en el que lo ponemos todo, llega el momento de soltarlo y de desentendernos de él. No en sentido negativo, como si dejara de interesarnos, no, al contrario, si hemos sido honestos y por nuestra parte hemos dado todo, entonces, ese trabajo ya no es nuestro, no lo poseemos y quedamos libres, al margen del resultado y de lo que suceda después. Tetélestai. A partir de aquí, lo dejo en otras manos, mi parte ya la he realizado, he de soltar.
Si seguimos enganchadas a algo que ya es pasado, entonces, ese trabajo no solo no nos pertenece sino que ahora es él quien nos posee. La libertad no existe.
Jesús deja su vida y su obra en otras manos, con absoluta libertad. De nuevo se hace bebé, vuelve a la fragilidad y a la vulnerabilidad, ahora en la confianza que tiene con su Padre, como la tuvo en el ser humano siendo niño.
Absoluta confianza la de Jesús, ¿eh? Nos desconcierta siempre, ¡con lo que nos gusta controlar nuestra vida, que todo esté dentro de nuestro marco, por muy espontáneo que parezca, pero que no deje de ser NUESTRO marco!
Un aliento
Nos dice Juan (nos dice muchas cosas pero me fijo en estas dos) que Jesús entregó su aliento.
Os invito a respirar, venga, que se note. Percibe tu respiración. Ahora deja de respirar, adelante, haz este ejercicio. Mejor aún, tápale la boca y la nariz a quien tienes al lado… ¡Menuda faena!
Respirar es testimonio de la presencia de Dios en cada una de nosotras. Nos dice el libro del Génesis que Dios sopló aliento en el ser humano al ser creado. Y sigue haciéndolo cada vez que nace un nuevo ser humano. Lo primero que hacemos la nacer es inspirar, tomar aire, como hemos hecho antes.
La respiración es un elemento que valoramos poco y que, en cambio, nos vincula íntimamente con Dios. Es tan habitual respirar que no le damos demasiada importancia, hasta que tenemos un buen catarro.
Cada respiración nos recuerda que Dios nos habita, que su Espíritu, “Pneuma” en griego, de ahí viene neumático, o neumología, neumonía, etc., está en cada uno de nosotros. ¡En cada uno por igual!
Vivir es respirar, tomar aire y soltarlo, acoger lo que la vida nos trae y entregar la vida que llevamos dentro. De nuevo la entrega. Si no das, si no recibes, no existes.
Jesús, al morir, devuelve al Padre ese aliento de vida que le fue dado al comenzar la vida. Es un verdadero encuentro trinitario: el Padre recibe del Hijo el Espíritu que fue acompañándolo toda su vida.
La muerte de Jesús abre una noche, una penumbra incierta.
Dice el filósofo Josep Mª Esquirol en su obra “La resistencia íntima” que hay tres noches:
1) La noche del reposo, del descanso, donde recuperamos las fuerzas vitales.
2) La noche de la reflexión, de la vigilia voluntaria, que nos permite la contemplación y también la imaginación, la aventura.
3) La noche del insomnio, la de la vigilia involuntaria, la que no admite el reposo y en la que el alma es rehén de fuerzas que no se desean.
La muerte de Jesús trae una noche que, si se traspasa, se convierte en mediodía, porque entonces se obtiene la capacidad de permeabilizarnos a la certeza de que su muerte, su noche, no es fracaso sino el comienzo de todo.
El Cristo es inicio, de nuevo es el Alfa, y lo constataremos el domingo, porque ya no habrá más noche.
Pero hablemos de la entrega
No es fácil la entrega, que es lo que nos recuerda esa palabra, Tetélestai, y el aliento devuelto a su origen. En ocasiones no sabemos muy bien qué es la entrega, ni cómo llevarla a cabo.
Lo primero que hemos de hacer es vivir nuestra propia realidad, reconocernos en la criatura que somos. A partir de ahí podemos iniciar un camino que hará que la Verdad nos encuentre.
Decía Fernando Pessoa:
«Llevo conmigo las heridas de todas las batallas que he evitado».
No es bueno evitar las batallas, los tiempos difíciles. También eso deja heridas.
Los tiempos de dudas e incertidumbres son buenos porque nos despejan el camino. En la desnudez de esos tiempos, en esa fragilidad y vulnerabilidad del espíritu, de nuestro espíritu, cuando no tenemos casi nada a lo que aferrarnos o tras lo que escondernos, entonces es más fácil que la Verdad, que Dios, nos encuentre y se instale en nuestra vida.
En el plan de Dios, en ese plan que brota del amor y del deseo de liberarnos de lo que limita nuestra vida, está, sin lugar a dudas, la entrega. Solo la entrega de la propia vida capacita y posibilita que esa vida sea digna. Desde el principio, Dios se entrega, y lo hace como un ser humano, frágil, puesto a voluntad de los seres humanos.
Una amiga mía, cuando tuvo a su primera hija, estaba fascinada porque podía hacer con ella lo que quería. ¡Qué responsabilidad!, me decía, tengo todo el poder sobre este ser humano, confía en mí absolutamente, está a mi merced.
Esa es la vida entregada de Dios, que en Jesús, se hizo realidad hasta la muerte. Su vida fue una entrega confiada al ser humano, avanzando y discerniendo continuamente, como vemos en los relatos de su vida pública, cómo ser fiel a su Padre, qué hacer para que su vida fuera realmente fecunda.
Jesús es el humano entre los humanos. Cuando escuchamos en los evangelios hablar de Jesús como “Hijo del Hombre”, podríamos entenderlo como «Hijo de la humanidad». Nada más humano que la vida de Jesús. Cuanto más lo imitemos, más humanos seremos, sabiendo que la absoluta humanidad de Jesús nos conduce a la divinidad. Cuanto más abajo, más arriba.
Nos gusta eso de ser “divinas” pero nos gusta menos que para ello haya que bajar de escalón. Jesús ayer nos mostró que el camino del discipulado, de los bautizados, es el de dejarse lavar los pies para poder después lavárselos a otros. No hay mayor sanador que quien previamente ha sido herido. Como Jesús, el herido que sana en su fragilidad.
Del costado de Jesús brotó vida abundante. (Jn 19.34) Brotó la sangre, que en el mundo judío era expresión de la vida, y brotó agua también, dice el texto. El agua sana, limpia y es fuente de vida.
Podríamos decir que aun después de muerto, el testimonio de Jesús fue un anuncio de confianza en la vida. Esa es la vida entregada, a eso estamos invitadas, a que nuestra vida, en el sentido más global, más integral, anuncie vida. ¿Anuncias vida con la tuya, contagias vida? Entones sí, entonces tu vida es una entrega.
Hemos de ser siempre inicio, dice Josep Mª Esquirol (La resistencia íntima). Es la fidelidad a la buena noticia, al no final, porque incluso en el aparente final de Jesús, en esa brecha que hiere el tiempo, hay un comienzo, un emerger de lo inesperado, de lo loco,
Como está escrito:
Acabaré con la sabiduría de los sabios y confundiré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde hay un sabio, dónde un letrado, dónde un investigador de este mundo? ¿Acaso no ha convertido Dios en locura la sabiduría mundana? Como, por la sabia disposición de Dios, el mundo con su sabiduría no reconoció a Dios, dispuso Dios salvar a los creyentes por la locura de la cruz. Porque los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros anunciamos un Mesías crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos; pero para los llamados, judíos y griegos, un Mesías que es fuerza y sabiduría de Dios. Pues la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios más fuerte que los hombres. (1Co 1 18-25)
No nos sirve de nada, o de muy poco, toda nuestra inteligencia y nuestro conocimiento racional si no somos capaces de aprehender que esto de Dios es cosa de locos, de locas, que seguimos a un loco que aceptó morir en la cruz. Pero es que lo más loco de Dios es más brillante y nos hace más felices que lo que consideramos mejor en nuestra vida. Y lo que podamos percibir como fragilidad en Dios es mucho más fuerte que toda nuestra autosuficiencia y capacidad.
Pero hemos de confiar y entregar a Dios aquello que nos dio, el aliento, hasta el último. Así seremos felices, sólo así. Sólo así seremos testigos de la luz que no tiene ocaso, sólo así.
Cuando caminamos en la confianza entonces se hace realidad las palabras del Apocalipsis: no hay más noche.
La entrega, la confianza, no son estados, son lugares en los que se habita. Cada lugar tiene su propia luz. Cada lugar tiene también su herida, su tiniebla, pero es en ella donde hallamos la luz que nos evita el retorno a lo desconocido y nos impulsa al sabor de lo que deseamos.
Esta tarde, en la celebración, tendremos la adoración de la cruz. Suele ser un momento importante, como también lo es la oración ante la cruz por la noche. Pero, no podemos olvidar, que la entrega en la cruz de Jesús no es solo para adorarla sino para imitarla. Jesús no nos pide que adoremos su camino sino que lo recorramos.
¡Ja!, ahí queda eso.
Si deseas escuchar la reflexión: https://open.spotify.com/episode/2lj7QvLymfMya3Lh9zdTvT?si=ad29b2a2105f46af

