enfado suesa

sí, sí, enfado, esa palabra tan poco navideña pero tan tremendamente cotidiana.

No hace mucho estuve hablando con una persona de unos 40 años. A esa edad una ya tiene argumentos suficentes para estar enfadada o para estar muy agradecida, o incluso para las dos cosas.  Esta persona parece haber optado por lo primero, o esa esla conclusión que saqué yo después del encuentro. No me atrevería nunca a juzgarla a ella, desconozco su historia, sus motivos, las heridas de su alma, pero su conversación trasluce una negatividad que me llamó la atención. No importaba el ema de conversación, daba igual que hablásemos depolítica, de ecología, de potentados o de gente sencilla,… no importaba el tema (ni se me ocurrió sacar el tema de la fe, o de la Iglesia, demasiado arriesgado), el espíritu de sus palabras era el mismo. Ni una alabranza, ni un reconocimiento, ni una sola siembra positiva. Todo era violencia y negatividad.

Me pregunto qué sucede para que se huela tanta violencia verbal en el ambiente. Las mismas bromas en las conversaciones, los comentarios en las redes sociales, las imágenes que nos enviamos a través de los diferentes dispositivos,… mucha, mucha violencia. Si todo eso lo pudiéramos convertir en materia… ¿cuánto pesaría?, ¿cuánto ocuparía?

Me pregunto también qué es lo que nos construye como personas, como sociedad civilizada. Qué aporta a mi alma según qué comentarios, gestos, ¿no es más sano contar hasta diez que escupir violencia? Si además está demostrado que aquello que envías vuelve a ti con mayor energía, ¿qué se gana dejándole ganar a la crueldad, al menosprecio, a lo fatuo?

Si tuviera que construir físicamente mi vida escogería buenos materiales, usaría el mejor cemento, buena piedra que durase, que protegiera, que invitara a compartir en su interior.

Podemos generar en nuestras entrañas aquellos sentimientos que nos conduzcan a la paz, a la belleza, ¿no es mejor?, ¿no es más apasionante la tarea?

Pues eso, que si me enfado, no respiro.