Desrutinizar la rutina.

Desrutinizar la rutina.

Hace unos años, recién iniciada la veintena, en un encuentro con otras personas, proyectaron la película “Smoke”. A partir de ahí nos propusieron trabajar, o al menos ése es mi recuerdo, sobre la importancia de “desrutinizar la rutina”. La película cuenta, entre otras historias, la de un estanquero que todos los días a la misma hora y desde el mismo sitio hace una fotografía. Y todas son distintas y nuevas en su aparente monotonía. La luz, las personas que pasan delante del objetivo, la lluvia, el sol, el tráfico,… Es la propia rutina la que hace nuevo el instante.

Ahora  que soy algo más mayor relaciono invariablemente aquella frase de “desrutinizar la rutina” con mi vocación monástica. No puedo evitar sonreír cuando, de entre los chicos y chicas de los grupos que acuden a nuestra casa, siempre sale alguno o alguna que intenta “cazarnos” con la pregunta: “¿Y no os aburrís de hacer siempre lo mismo?”. Pues no, la verdad, porque no es siempre lo mismo, igual que cada mañana no soy yo la misma. Y seguidamente les ayudas a entender que, más posiblemente, sea él o ella quien hace todos los días lo mismo, porque no disfruta de cada instante.

La gran belleza de la cotidianidad está en que depende de una misma el llenarla de expectación. Pero, sobre todo, está en saber escuchar el paso del Espíritu por nuestra vida. Y eso, en la vida monástica, como en cualquier otra, es fundamental.

El “minuto heroico” del madrugón matutino depende de mí que sea agradable y motivador o perezoso e inmisericorde. Cada hora dispongo de 60 vírgenes minutos para colmarlos de creatividad. Que sea difícil no significa que sea imposible. Y la tarea es real y hermosa.
En terminología litúrgica sería algo así como transformar el tiempo ordinario en tiempo fuerte.
Es el viejo “carpe diem” adaptado al evangelio.

La buena noticia de Jesús nos habla también de hacer nuevas todas las cosas. Y la novedad reside en nuestro corazón, aunque la hayamos relegado a un rincón con telarañas.

Llenar cada día de belleza, procurando poner más ternura que derecho canónico en nuestras actitudes y acciones. Y hacer de lo pequeño la base de nuestra grandeza. Como el siervo fiel que supo cumplir en lo poco.

Cierto es que siempre es necesario revulsivos que nos hagan despertar a la sorpresa del día a día. Pero no es menos cierto que no podemos esperar a que nos asalten los grandes acontecimientos para descubrir el breve espacio del tiempo. Es la espiritualidad del lunes, del martes, del miércoles…

La vida monástica proclama la radicalidad de la sencillez. Y eso es esfuerzo diario y deseo inmediato. El trato orante dentro de la comunidad, y también fuera (digo orante recordando, como decía la santa de Ávila, que la oración es historia de amistad con Dios, y ahí han de nutrirse nuestras relaciones de familia). La relación con el resto de la creación, ayudándola a continuar con sus ciclos de existencia y aprendiendo de ella la paciencia y la constancia. La escucha diaria de la Palabra, la recitación cordial (en su raíz más pura) de los salmos. La celebración vívida y vivida de la eucaristía. El trabajo diario, en contacto con nuestra realidad limitada pero llena de posibilidades, que nos acerca a nuestros hermanos y hermanas más pobres,… en fin, un sinnúmero de elementos disponibles para hacer de nuestra rutina, como en “Smoke” una fotografía distinta desde idéntico ángulo.

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