Sábado XXXII

“Jesús les propuso una parábola para hacerles ver que era preciso orar siempre sin desfallecer.” (Lc 18,1)

En el evangelio de hoy, sabemos qué es lo que quiere enseñarnos Jesús incluso antes de que lo explique: que es necesario orar siempre sin desfallecer. De nuevo nos pone como ejemplo una viuda. En este caso se trata de una persona sin poder ni influencias, sin dinero ni contactos. Lo único que tiene para conseguir lo que le pertenece es insistencia y perseverancia.

Nos puede constar entender por qué a veces las cosas tardan tanto en llegar, o no lo hacen como quisiéramos. Puede que más de una vez hayamos pensado que sabemos mejor que Dios lo que nos conviene. Y, ciertamente, hay situaciones dolorosísimas que somos incapaces de comprender. Pero seguro que muchas más veces, con el tiempo hemos comprendido por qué algo no llegaba. Hemos visto cómo Dios nos estaba preparando, dando forma, capacitándonos poco a poco.

Y es que Dios ama los procesos, y no suele ser brusco. Creó el tiempo para colocarnos en él, y esto significa que vio que era bueno que los seres humanos esperásemos, pidiésemos, perseverásemos. El tiempo no es un enemigo, es una criatura de Dios. Vivir en el tiempo nos permite crecer y madurar. Tenemos el anhelo de ello, pero también la capacidad de paciencia y de perseverancia, no como remedios, sino como parte del proceso que se puede disfrutar, igual que la llegada.

Pero, ¿hay llegadas? ¿Cuántas veces nos ha sorprendido Dios con algo mucho mejor que lo que deseábamos? Él conoce nuestros anhelos más profundos, aquellos que ni siquiera nosotras conocemos.

Oración

Trinidad Santa, sabemos que nos acompañas en todo. Enséñanos a disfrutar de lo que todavía no es maduro, sorpréndenos con todo lo que crece en nuestra vida.