piropo

Sábado de la Semana XXIII del Tiempo Ordinario

“El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad el mal; porque lo que rebosa el corazón, lo habla la boca.”

(Lc 6, 43-49)

Ojalá fuese así de fácil y la vida, como las películas del Oeste, se dividiera en buenos y malos, en indios y vaqueros. Pero con el tiempo te das cuenta de que había muchos indios buenos y que los vaqueros tienen mucho de “discutible”.

Hay una zona de maldad en toda persona buena y una chispa de bondad en el peor de los monstruos.

Lo que verdaderamente nos puede acabar haciendo “malas” es vivir catalogando a las demás personas. Es el error que han cometido y repetido las grandes injusticias de todos los tiempos. Los colonos decidieron que ellos eran los buenos y los negros o los nativos americanos los malos, los salvajes, así esclavizaron y mataron durante años. Los nacis decidieron que los judíos, los homosexuales, los gitanos y los enfermos eran los malos y la raza aria la buena y todas sabemos lo que eso significó. También los cristianos hemos pensado que somos los buenos y hemos matado, en nombre de Dios, a musulmanes, brujas, herejes, esclavos, negros y salvajes.

Cuando nos creemos las buenas, nos convertimos en la medida de todas las cosas y empequeñecemos la gran obra de Dios. No, no se trata de creernos buenas (ni malas) sino de ser buenas. Se trata de alimentar la bondad que hay en nosotras y hacerlo a favor de toda la creación, de toda la humanidad.

Dar buenos frutos, pero nunca para ser mejores que otras sino para hacer crecer la bondad que es Dios y que somos también nosotras.

Porque no se trata de excluir o dividir sino de sumar. Ya lo decía Jesús: “no me llames buenos, solo Dios es bueno”. Y todas las demás personas somos aprendices, cuadros en los que se va plasmando la bella imagen de Dios.

Y la imagen de Dios es tan bella y sublime que solo la podemos reflejar entre todas y todos. Si falta una sola de las hijas de Dios, la imagen quedará incompleta.

Oración.

Ayúdanos, Trinidad Santa, a cuidar la semilla de bondad que has puesto en nosotras.

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario