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Sábado de la Tercera Semana de Pascua

“Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.”

(Jn 6, 60-69)

El evangelio está lleno de paradoja y en el texto de hoy nos encontramos una: el anuncio de vida de Jesús provoca la renuncia y el abandono de algunos de sus primeros seguidores.

Tenemos muy idealizados aquellos tiempos en los que Jesús caminaba de pueblo en pueblo seguido de un grupo de discípulas y discípulos. De alguna manera tenemos grabada a fuego una creencia sin fundamento: dónde está Jesús (Dios) no hay dificultades. Y de ahí nacen expresiones como: “esto no es de Dios”.

Cuando asaltan los conflictos y con tal de mantener el orden establecido, aparece, sin tardar, aquello de que Dios no quiere el conflicto. Por eso quienes seguimos a Jesús debemos ser sumisos e incluso sufrir las injusticias. Pero todo esto encierra una gran mentira.

Jesús en su vida fue conflictivo. Fueron sus gestos y palabras los que anunciaron y denunciaron las injusticias de una religión que se había convertido en opresora.

Y además de ser conflictivo, Jesús, se rodeó de gente conflictiva. En aquel grupo de mujeres y hombres reunidos en torno al maestro galileo había problemas y desavenencias.

Hasta el punto de que como nos dice el evangelio de hoy “muchos discípulos suyos se echaron atrás…”

En esto del seguimiento de Jesús no basta la presencia certera del Maestro. La opción es personal aunque sería deseable que se encaminara a la construcción de la comunidad. Pero generar comunidad no es nada sencillo, es más, es algo que linda con el misterio y por lo mismo se nos escapa.

Quizá la comunidad sea como el Reino; una realidad que está aquí, pero todavía no es. Algo que llevamos en semilla, en brotes tiernos y nos indica aquello que somos en esencia.

Acojamos el conflicto como parte del camino, no volvamos a cometer el error de dejarlo “fuera del alcance de Dios”.

Oración

Trinidad Santa, habita nuestros conflictos, nuestras crisis y dudas, para que de todo ello salgamos pareciéndonos más a ti. Amén.

Tercer Domingo de Pascua

 

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