Templo

Sábado de la Tercera Semana de Cuaresma

“Dos hombres subieron al templo a orar”.

(Lc 18, 9-14)

La Cuaresma es un tiempo precioso para engrasar, o mejor dicho para abonar nuestra oración. Para llevarlo a cabo es necesario saber cómo está la tierra y qué se quiere sembrar o plantar en ella. Igualmente, para cuidar nuestra relación con Dios necesitamos saber cómo andamos por dentro. Es cuestión de cerrar los ojos y respirar profundo… ¿Estamos nerviosas?, ¿desganadas?, ¿entusiasmadas?, ¿esperanzadas?… Solo poniendo nombre podremos pararnos y dedicar un tiempo a ser ante Dios, sin más propósito que escuchar. Orar consiste en esto.

Cuando escuchamos esta parábola tendemos a situarnos en un rol: o nos creemos superiores o inferiores a las demás personas. Y nos quedamos ahí. Decimos “es que soy así”, o “es que llevo una temporada”… Nos ocultamos, nos escondemos, como si no supiésemos que somos libres, que nuestra vida se desarrolla según las opciones que vamos tomando. Ejerzamos nuestra libertad con responsabilidad. Vivamos conscientemente la invitación de Jesús a convertirnos, a transformar nuestro corazón, a mirar a quien está a nuestro lado como la hermana o el hermano que es, no como un enemigo al que anular.

Jesús con esta parábola nos muestra que en la oración es necesaria la humildad. Humildad para reconocernos en nuestro caminar diario, con nuestros tropiezos y nuestras alegrías. Porque, si pensamos que no somos tan engreídas como el fariseo… Quizás tengamos que mirarnos y reconocernos con cariño en las reacciones soberbias con las que nos relacionamos a veces…

Propongámonos este tiempo que queda de Cuaresma estar presentes en el templo de Dios que somos y orar desde quienes somos, sin enaltecernos y sin humillarnos, aceptándonos como somos, como Dios nos ha creado. Atrevámonos a mirar al cielo (a nuestro cielo interior), al Dios que nos espera, que nos habita.

Oración

Enséñanos a orar, Trinidad Santa, a ser nosotras mismas ante ti, a dejarnos impregnar por tu amor.

Domingo III de Cuaresma

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