Jamás

Sábado de la Cuarta Semana de Cuaresma

“Jamás nadie ha hablado como este hombre.”

(Jn 7,40-53)

El texto de hoy nos presenta a Jesús en Jerusalén. Ya lleva unos días por allí, hablando de cosas que a la gente le resultan un poco extrañas. Lo último que ha dicho es: “Quien tenga sed acuda a mí a beber”. Estas palabras provocan una división entre quienes le escuchan. Algunos creen que Jesús es el Mesías, pero otros rebaten que esto es imposible: según la Escritura, ni el Mesías ni ningún profeta puede ser galileo.

Este segundo grupo, con los sumos sacerdotes y los fariseos entre ellos, usan la Ley y la Escritura como escudos para rechazar a Jesús. Las ponen como excusas para ni siquiera escucharle. Como no encaja en el modelo de Mesías de la Escritura, según la interpretaban, no dejan que sus palabras les toquen. Se protegen contra lo imprevisto. Convierten lo imprevisto en imposible.

Hay otras personas, en cambio, que reconocen que las palabras de Jesús tienen algo especial. Que, efectivamente, son como agua para su sed. Es como si dejaran que se produjera una conexión entre su propia sed y las palabras de Jesús. Y eso es posible porque están en contacto tanto con sus sedes (interrogantes, deseos, sueños) como con Jesús. Oyen sus palabras sin filtros, como pueden ser las ideologías, la tradición o las propias expectativas.

El texto puede ser una invitación, en este tiempo de Cuaresma, a escuchar directamente las palabras de Jesús. A leer los evangelios con una mirada limpia y nueva, confiando en que tienen algo que decirnos. Igual que les pasó a quienes le escucharon cuando vivió, a nosotras también muchas cosas nos pueden parecer misteriosas. Pero esto no es ningún impedimento para atrevernos a leer el Evangelio por nosotras mismas. Así descubriremos aquello que responde a nuestra sed, y reconoceremos que jamás nadie nos ha hablado como Jesús.

Oración

Ayúdanos, Dios Trinidad, a acercarnos desprotegidas a tu Palabra, para acoger lo imprevisto.

Domingo IV de Cuaresma

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