Entrar y atravesar, como en Jericó.

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Entrar y atravesar, como en Jericó.

Ambas palabras, entrar y atravesar, resonaron de manera distinta hace un par de semanas, en la celebración de la eucaristía.

El texto evangélico de Zaqueo, ese jefe de publicanos, ese corazón abierto y curioso, aparece de nuevo en la liturgia de este día.

Lo que resonó de manera novedosa fue la acción primera de Jesús, y la acción de la ciudad.

Jesús entraba en Jericó y la atravesaba.

Jericó era ciudad abierta y se dejó cruzar.

Interesantes las actitudes de ambos. Y la suma de esas sos voluntades permitió que sucediera el «hecho extraordinario» de la conversión de Zaqueo, entre otras cosas.

En Jesús es frecuente ese «entrar y atravesar». Lo hace en otras ocasiones, con o sin permiso.

Pero es muy revelador el hecho de que la ciudad se abra y se deje atravesar.

Mucha veces entramos en un bar, o en una cafetería, y atravesamos  el espacio para llegar hasta una mesa libre.

También entramos en un bosque, y a veces nos atrevemos a cruzarlo.

Pero,… ¿cuántas veces abrimos la vida y permitimos que otro/a la atraviese?

¿Cuándo abrimos nuestras entrañas para que el mismo Dios la cruce?

¿Dónde entramos?, ¿qué cruzamos?

Pienso en la cantidad de veces que mi actitud es de cierre, de no querer saber, de no permitir que nada o nadie me toque. Actitudes de oclusión, de negación, de orgullo y de temor.

Atreverse a entrar en la vida misma, a treverse a atravesar, como si fuera un juego de palabras, algo festivo, inocente. Entrar y atravesar la existencia. Y dejarse cruzar.