La angustia de estar viva y sus porqués

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La angustia de estar viva y sus porqués

Nos cuenta una huésped que está rezando mucho por sus hijos. La buena mujer anda preocupada por ellos, especialmente por una de ellos. No, no está enferma. No, no tiene problemas especialmente graves,… solo los que conllevan vivir y madurar.

Su hija ya tiene hijos, que empiezan a crecer, a adquirir cierta autonomía, a no ser como ella querría que fueran.

No sé si alguna de nosotras, hermosas criaturas de Dios, somos como nuestros padres deseaban que fuéramos. Imagino que no, porque siempre somos más que aquello que soñaron. Aunque no nos parezcamos en nada a su sueño.

La hija de esta señora desea educar bien a su prole; que no sean violentos, que sean menos caprichosos, más austeros, más peocupados por los otros niños,…

Pero la lucha es ardua, la sociedad no lo facilita, y su deseo de perfeccionamiento, de hacerlo correctamente le genera angustia y frustración.

Le doy vueltas también yo a nuestras frustraciones y angustias y, sobre todo, le doy vueltas a ese desmedido afán que tienen muchos jóvenes, y no tan jóvenes, por hacer las cosas bien, más que bien, brillantemente bien.

Esto tiene su punto de afán de superación, de deseo de avanzar, de mejorar. De acuerdo, podría colar. Sin embargo, en numerosas ocasiones, para saber si estamos haciendo bien las cosas, en vez de otear nuestra alma y ver si está arropada por la paz, miramos a los otros y… nos comparamos. He ahí el gran error, he ahí la equivocación. Eso es caldo de cultivo para una estupenda plantación de ego.

El ego es un hierbajo que si no se poda puede alcanzar grandes alturas y frondosidades impidiendo ver a través de él lo que hay al otro lado, o incluso ver lo que hay dentro. Conviene que se le pode con frecuencia. No pasa nada, brota con suma facilidad.

La comparación es el perfecto abono del ego. Por eso, lo que comienza con el sano deseo de mejorar, de crecer, de prosperar en la vida, puede acabar convertido en el miedo a no ser alguien, a no contar, a no «ocupar un espacio».

Y eso era lo único que quería dejarnos Jesús como testamento. Ya contamos. Ya somos alguien. Ya ocupamos un espacio en el corazón de Dios.

Espacio infinito, abierto, bello, bueno y verdadero.

Benditos errores.