El silencio, espacio para la rendición

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El silencio, espacio para la rendición

Sí, para la rendición, no para la redención. Bueno, o quizás sí, quizás también el silencio es un espacio de redención.

El silencio es un estado que se logra muchas veces a base de empeñarse en… no empeñarse. El silencio es el hueco en el que todo cabe porque no hay nada.

Rendirse es un acto de valor y de voluntad, es un querer y un atreverse.

Por las sendas del silencio se camina descalza, reconociendo la victoria que conlleva esa rendición, esa derrota. Ah, paradoja de la entrega.

Dios nos regala el silencio para encontrar la puerta de acceso a la vida absoluta.

Y en ella está el hecho de rendirse ante lo que nos puede, ante eso que nos conduce hacia fuentes de agua viva.

Reconozcamos que son muchas las veces que nos da miedo quedarnos en silencio, porque entonces la mente, habilidosamente, comienza a urdir estrategias para declararnos la guerra. Y esto nos cansa, no sabemos cómo hacerle frente.

En el silencio encontramos un aliado en la batalla. Lo que al principio parece una selva frondosa que hay que cruzar machete en mano, con tesón y humildad acaba convirtiéndose en un camino de belleza y novedad, de misterio y de sorpresa, de rendición.

El silencio nos ayuda a entender que no lo podemos todo, que no, que no somos dioses disfrazados de cuento. Somos criaturas que tropezamos pero que deseamos avanzar cogidos de la mano, en un hilo interminable que une el principio con el fin.

En el silencio nos rendimos ante el amor, ante el cuidado, la ternura y la fluidez de la vida regalada y compartida.

Permanezcamos en el silencio, para que la batalla perdida sea origen de la rendición, de la bendita rendición.

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