Misterio que no se resuelve

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Misterio que no se resuelve

El misterio de la fe es el misterio que no se resuelve, que sencillamente se vive.

¡Qué empeño por entender todo! No es necesario, de verdad, no es necesario.

El Maestro nos invitaba a hacernos niños, a, sencillamente, vivir, confiar, vivir, vivir…

En medio de la Semana Santa se nos aviva aquella invitación. Vivir con los sentidos despiertos, aceptando el camino que vamos eligiendo.

Las preguntas de Jesús nos descansan, nos llenan de sosiego, porque son preguntas que van contruyendo nuestra vida.
Vamos recorriendo sus últimos días de vida y reconocemos sus temores, sus dudas, sus ganas de estar con la gente querida, su reticencia a dejarlo todo, su deseo de ser coherente,… su entrega.

Y nos encontraremos con una cena de amigas y amigos.

Una noche angustiosa de oración.

Un «yo soy» como el del Padre.

Un silencio que dura una jornada.

Y un grito.

Y, de nuevo, un hágase.

Las acciones del Maestro nos ponen delante las nuestras.

 

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