Permanece quien…, eso, ¿quién permanece?

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Permanece quien…, eso, ¿quién permanece?

Una tarde de lluvia descarada. Un espacio acogedor, caliente. Una mesa, varias sillas, una tetera con agua, infusiones, unos dulces,…

La tarde se presta a la comunicación, a la entrega y la acogida, a contarse “cosas”.

La conversación transcurre entre las trivialidades que componen el día a día y el interés por profundizar en lo que cada cual vive.

Una pregunta, vieja como el deseo, cruza la estancia:

¿Cómo se permanece?

 

Silencio.

Si se pudiese ver el interior de las cabezas se percibiría el movimiento de los engranajes del cerebro en su búsqueda por dar una respuesta inteligente, brillante, o al menos airosa.

No hay inteligencia, ni brillantez, ni aires que valgan. Solo hay experiencia personal. Da igual en qué se desea permanecer.

Comienzan, tibiamente, a nacer algunas respuestas, o ni tan siquiera eso, más bien simples comentarios, pensamientos en alto.

-Bueno, a veces se permanece porque no encuentras una opción mejor y entonces valoras y te das cuenta de que lo que tienes, lo que hay, es lo mejor. ¿Y quién no quiere lo mejor?

-Sí, tambien se permanece por un empeño cariñoso por afianzar eso que vives, porque descubres que es bueno, porque el corazón encuentra razones propias para continuar.

-Yo no le doy demasiadas vueltas, sencillamente soy y estoy aquí. ¿Cuánto va a durar esto? No lo sé, ¿por qué he de pensar que tiene límites?

-Si, yo creo que esa pregunta nace de un deseo, o una necesidad, de control, quizás inconscientemente. El control es el miedo a la libertad. Hay que aprender a soltar y dejarse llevar por la propia vida, absorbiendo intensamente las épocas buenas para tener fuerza cuando lleguen las malas (que también hay que absorberlas con la misma intensidad, si no, se vive a medias).

-Es el reto del amor, la permanencia, la fidelidad. Es una danza de tiempos acompasados y de pisotones. Ambas situaciones son inevitables. Ambas situaciones son necesarias, porque los pisotones, tan desagradables, nos evitan ensimismarnos en la propia danza egoísta y mirar a los ojos de la pareja de baile buscando de nuevo el ritmo común. Si dejas de bailar, pierdes la posibilidad de crear belleza, de vivir algo bello.

-Yo permanezco porque creo que esto es bueno. Hay elementos en mi vida que podría desechar pero esto no. Elijo qué quiero mantener, no qué quiero cambiar, y lucho por ello.

-Se permenece llegando “a casa”. Cuando estás a gusto en casa no hay necesidad de salir en exceso. Una sonríe… y se deja.

 

Y así transcurrió la tarde, permaneciendo.

 

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