EL Monasterio de Suesa, un lugar…

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EL Monasterio de Suesa, un lugar…

MONASTERIO DE SUESA, UN LUGAR AL QUE VOLVER…

 

Hay lugares especiales, lugares con duende, con magia, sitios para acoger y para sentirse acogida, lugares tranquilos en los que encontrar lo que una busca, lugares para dejarse encontrar, sitios que irradian paz y la trasmiten, sitios para perderse en paz… luego está el Monasterio de Suesa.

Todo lo que una (persona) pueda buscar, está allí.

Enclavado en un paraje sin igual, se yergue humilde entre las tranquilas verdes colinas que lo circundan, la ría que casi lo baña y el sonido del mar que lo acuna en la distancia. Es imposible no pensar que Dios pueda tener algo que ver.

Al entrar en el lugar uno observa la sencillez con que acoge al visitante la señal de madera que indica su nombre y la alegría de las formas y los colores que aparecen sobre la misma, corroboradas por la que, unos metros más adelante, da la bienvenida. A lo largo de los escasos metros que separan la entrada del propio monasterio, se observa a un lado, una pequeña pradera y al otro, otra más alargada jalonada por árboles y algún que otro banco.

Al llegar a los propios edificios, se encuentra a la derecha la iglesia, junto a ella la hospedería.

Varios carteles invitan al silencio y al recogimiento, pero realmente no harían falta, el halo del lugar, invita ya a ello.

Sin embargo, todo esto no sería posible sin el grupo de mujeres que con dedicación y convencimiento le dan su impronta, las monjas de la orden trinitaria, del monasterio de Suesa. Cada una de ellas es parte del monasterio, es responsable de que irradie lo que el lugar irradia.

Cercanas, amables, accesibles… son todo lo contrario de lo que un foráneo en estos temas pueda pensar. Cuidan cada pequeño detalle del lugar, tanto dentro como fuera de la propia iglesia. Uno observa, con incredulidad y asombro al principio, como poco a poco se siente invitado a ser partícipe de lo que llanamente ofrecen. Invitan a quien quiera monasterio Suesa preguntasentirse invitado, a compartir, a sentir, a vivir a Dios Padre. Cada signo, cada danza, cada canto, cada silencio compartido nos acerca a Él. Los pequeños gestos que rodean cada Oración compartida con ellas, los comentarios sobre las lecturas

leídas, el recogimiento de escucha activa… incitan a la reflexión, cuestionan las propias creencias, inducen al cambio, empujan sin querer a decir ese “Hágase” que María respondió llanamente, sin contemplaciones.

No hace falta alejarse del lugar, cuando una pasa unos días no puede más que pensar… verdaderamente Dios está aquí.

Es tan puro, tan fuerte, tan atrayente que, como dijo una amiga cercana tras visitarlo… ¡así yo también me convierto al cristianismo!

Marta T.