¿Qué tiene tu palabra, nazareno?

nazareno suesa

¿Qué tiene tu palabra, nazareno?

Sí, eso, qué tiene tu palabra, nazareno, que revuelve corazones y despeina decisiones.

Porque yo cuando hablo, qué quieres que te diga, pues eso, que hablo, y digo cosas, unas veces importantes y otras no tanto. Bueno, la mayor parte de las veces digo tonterías, pero será porque yo no he estado 30 años medio oculta preparando el terreno,… o será que soy así de simple.

Mira, no sé, nazareno, pero tu palabra tiene miga, y cada vez que la sueltas suceden cosas. Yo provoco bostezos, alguna sonrisilla, pero tú, chico, qué capacidad de abrir historias, de provocar reacciones, incluso de expulsar demonios. Y eso de los demonios debe de ser la mar de difícil, y poco rentable, porque no hay muchos expulsadores por ahí, ¿o es que nuestra palabra no tiene esa capacidad?

Pues ya me dirás el secreto, cómo haces para que los diablos salgan por patas, porque ya me gustaría a mí echar unos cuantos de mi habitación, y otros más de algunas personas que, las pobres, los sufren en silencio (más o menos).

Bueno, vuelvo al tema de formación. Ya me voy o dando cuenta de que tú estuviste un montonazo de años acumulando datos, pero de manera callada y humilde ya que no sabemos ni papa de esos 30 primeros años tuyos. No sé si estuviste matriculado en algún curso de mística, o de sanación profesional, o qué pero… la cosa es que cuando apareciste ante la gente liaste una buena, ¡como que casi ni te reconocían! Debiste de pasar muy desapercibido, hasta que te pusiste el mundo por montera (esta frase le encanta a mi vecina, siempre la dice) y decidiste poner todo patas arriba.

Entonces, ¿qué?, que le damos poco tiempo al interior par poder preparar palabras sabias, ¿no?

Ya, si es que… ahora opinamos de todo, por hablar, y ahí está el resultado, que decimos cada bobada… Bueno, hablo por mí, que no las pienso, y suelto lo que me aprieta la boca. La cosa es que me fascina cuando dices algo y dejas al paisano “planchao”, castigado a la silla de pensar, ja.

                            ¿Qué tiene tu palabra, nazareno, que deja el alma inquieta,                                             suspendida en un nuevo paso?

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