Querido padre, cuando presida, no hable mucho…

suesa homilia

Querido padre, cuando presida, no hable mucho…

Compartimos esta carta que una mujer dirige a su párroco y que está recogida en el libro “Celebrar desde el corazón”, de F.J. Sáez de Maturana.

“Querido padre: cuando presida, no hable mucho. ¡Deje a la liturgia hablar, pues así dejará que Dios nos hable!

¡Entre en su ritmo ritual! ¡No interrumpa el diálogo de amor entre la comunidad y su Señor! Siéntase dentro de la asamblea, como parte de ella, con sencillez y autenticidad, con tranquilidad. No se preocupe de agradar o de motivar a las personas, como si fuera un espectáculo, buscando caer simpático y ser aceptado.

Asuma el papel de la presidencia de una comunidad orante, oyente, cantante,… celebrando con ella y ¡con buena cara, mostrando así que está contento de vernos! Deje a la persona de Cristo que se transparente gracias a usted. ¡El momento es sagrado! La acción es decisiva para nuestra vida, pues de ella partiremos para inundar de lo vivido nuestra existencia de cada día. Estamos en contacto con la sabia de nuestras raíces, estamos saboreando el sentido de nuestra vida y de nuestra muerte, nuestros amores y  desamores, ilusiones, éxitos y fracasos, luchas por un mundo en paz con justicia… Estamos con el Señor, para ser transformados y transformadas por su Espíritu.

No lea simplemente las oraciones, sino órelas aunque emplee las palabras del misal. Y, por favor, no se ponga a pasar las hojas del misal mientras hace la oración colecta. Crea lo que está realizando y hágalo con intensidad y sencillez.

Prepare sus homilías tomándose tiempo para sumergirse en las lecturas de la Palaba, y así poder descubrir cuál es la Palabra viva del señor hoy para esta comunidad, de la que usted es parte. No se vaya por las ramas, diciendo cosas insípidas. No haga tampoco un discurso o una clase de teología o de moral, más o menos brillantes, sino una conversación familiar en tono personal. No se alargue más de la cuenta, porque si no, acabaremos diciendo lo que los atenienses dijeron a san pablo. “ya te oiremos hablar de esto en otra ocasión” o más de uno buscará en otros pozos. ¡Hable desde el corazón! Y tenga en cuenta lo que se decía de un rabino judío: “Sus sonrisas eran más importantes que sus sermones”. ¡Ah, y háganos oír el grito de los pobres, de los refugiados y de todos los que sufren, y enséñenos  a pasar por nuestro corazón sus padecimientos!

No corra durante la Plegaria eucarística, recitando nada más, como si no tuviese valor ninguno, como si no fuese un diálogo con el Padre, una respuesta a la Palabra proclamada. No cambie el tono de voz al pronunciar as palabra de Jesús en la última Cena, como si solamente estas palabras tuvieran la importancia de ser proclamadas y oídas Y recuerde que no se trata de algo que se dirige a la asamblea, ¡sino al Padre, en el Espíritu, recordando lo que su Hijo Jesús nos mandó hacer!

Necesitamos de los silencios previstos en el transcurso de la acción litúrgica. No los descuide, pues son elementos esenciales para que podamos descender hasta el fondo de nuestro corazón y oír la voz del Padre. Déjese “contaminar” por la fe y el fervor de la comunidad. Sintonice con el Soplo del Espíritu, que ora y canta en usted y en toda la comunidad. ÉL nos une, a todos y a todas, en un solo cuerpo.

Estoy segura de que usted acogerá con cariño estas palabras dichas con respeto y sincero amor fraternal”.

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